Los que Nos Comimos a Cthulhu

Imágenes de los Relatos:

 

Los Que Nos Comimos a Cthulhu – Trailer I

http://www.youtube.com/watch?v=KoriKLDO7oE

 

Los Que Nos Comimos a Cthulhu – Trailer II

http://www.youtube.com/watch?v=VuxQkEwLpDM

 

 

 

 

http://losquenoscomimosacthulhu.blogspot.es/img/Tip.jpg Introducción

 

    Algunos autores menos meticulosos, o más inclinados al artificio, proveen a sus lectores vagos mapas dibujados en tinta china y esbozos en carbonilla, que delatan de antemano el carácter ilusorio de sus ficciones.

 

Quienes se asomen a estas páginas, en cambio, podrán consultar, si una sana curiosidad los anima, fotografías satelitales inapelables de los sitios descriptos en las historias, imágenes oficiales de la NASA e instrucciones precisas para llegar a las locaciones.

 

También podrán escuchar el sonido del órgano marino de Zadar y las canciones que los marineros entonaban cuando atacaron a los Profundos, en voces seguramente más entonadas, pero quizá menos valientes.

 

Si navegaron hasta estas páginas movidos por la curiosidad o el interés, o el simple tedio, quizá encuentren un pasatiempo inesperado en averiguar quién fue William Calley o qué son los Ceide Fields.

 

 He decidido acometer en estos escritos la crónica minuciosa de algunos sucesos que por demasiado tiempo se han encubierto, y que  ocurrieron y ocurren en nuestros días, con la escrupulosidad y, me atrevo a escribir, con la valentía con que Lovecraft consignó los de los suyos.

 

Se revelan aquí finalmente el destino del Necronomicón, el propósito verdadero de la misión Apolo 11, el tantas veces postergado ataque a R’Lyeh, el inevitable triunfo de los Dioses Primordiales.

 

El lector atento hallará sin dudas semejanzas entre el destino de los Watheley de Dunwich y los Carrizo de Cerro Colorado, entre Villars e Innsmouth. El argumento es insustancial: las similitudes que ya señaló Plutarco entre los notables de la antigüedad, griegos y romanos, y que registró en sus Vidas Paralelas, no evitó a esos personajes cumplir su destino.

 

Al releerlas, escucho el trasegar de la calle Esmeralda, en el barrio de Retiro de Buenos Aires. No extrañe entonces que algunas líneas recuerden a Borges.

Prólogo.

 

“La vida es lo peor que nos puede suceder”

H. P. Lovecraft, en carta a Wilfred Owen, 1916

 

El automóvil, la comida rápida y la guerra preventiva se han convertido en este siglo en clásicos americanos. También debe serlo, razono, la literatura de Lovecraft.

 

Las historias que siguen buscan el amparo de ese nombre. No tienen más pulimento que la gramática y la ponderación de las palabras, o al menos eso espero. Si los literatos de antaño adquirían su saber laboriosamente en volúmenes numerosos de macizas bibliotecas, la prisa y la desidia nos llevaron luego a inventar internet y la wikipedia y ahora, con la asistencia de adminículos de nombre inverosímil, alcanzamos al instante conocimientos más fulgurantes y hasta más extensos, aunque sí menos profundos. Sin importunar a la imaginación ni movernos de nuestro escritorio, contemplamos a Pompeya reconstruida en su plenitud, visitamos la tumba de Atreo, recorremos el tapiz de Bayeaux, escuchamos recitar a Petrarca. Algo de esa erudición tramposa hay en estos relatos. Presiento que fueron concebidos y ordenados según su complejidad: Resulta sencillo a nuestra imaginación admitir (o rechazar) la existencia de deidades destructivas o antropófagas, incitadas por su voracidad o su inclinación a destruir nuestros bienes y alimentarse de nuestros cuerpos. No es de otra materia que se forjan las religiones. Como nos damnifican, las juzgamos malévolas, sin necesidad de considerar sus naturalezas o motivos, que quizá las justifiquen, como a nosotros las nuestras propias.

 

Más disputable, en cambio, es la colaboración de agentes humanos en sus teofanías siempre malignas, y ya escapa a nuestras posbilidades juzgar la ética de dioses que se hacen como nosotros para llevar nuestros vicios a un grado extremo. Los relatos finales intentarán, entonces, espiar el rostro o los rostros que se ocultan bajo la máscara de Nyarlathotep.

 

En este muestrario de placenteros estremecimientos el lector atento sorprenderá, empero, una grieta que menoscaba su verosimilitud: El universo de Lovecraft, donde estas historias se ven condenadas a cobijarse, es profundamente inhumano y, como tal, no resiste la presencia de Cristo en la Cruz y de su Madre junto a Él; es necesario prescindir de esta consoladora certeza.

 

Nada deben las acciones o motivos cifrados en estas páginas a la caridad o a compasión, nada hay en ellas que no sea testimonio de una desesperación vital.

 

 

 

Agrego, en fin, que poco hay en estas páginas de autobiográfico, aunque reconozco a mi padre en el niño que empuja la carretilla en el primer relato.

 

 

 

Seis días de trabajo divino nos han dado un universo incomparable y complejo que, creado para el amor y la redención, no es, sin embargo, infinitamente variado. Tampoco lo es la literatura que intenta reflejarlo.

 

Octubre de 2007

                                

Antes de Rosas.

Antes de Rosas

 

La vida nómada imponía al linyera muchas incomodidades, y si duda la peor era dormir a la intemperie en invierno. Los vagones cargueros de metal eran más rigurosos que el aire libre, y el refugio en galpones o edificios abandonados resultaba problemático.

En las noches más crudas, evitaban quedarse dormidos y, en cambio, cuidaban un fuego de cardos y ramas hasta el amanecer. Cuando el frío se hacía más intenso, antes de la salida del sol, apartaban las brasas,  tendían sus pocas mantas y se enroscaban sobre la tierra caliente.

Luego de alzar a media mañana su campamento improvisado, los dos hombres se encaminaron siguiendo las vías hasta la estación cercana. El día amenazaba lluvia y la crudeza del invierno demandaba un refugio. En medio de un potrero abandonado y a la vera de una laguna redonda, abundantes entonces entre Monsalvo y Segurola,  divisaron un galpón oxidado y, detrás de unos talas, los cimientos de una casa en ruinas. Ya en medio de la lluvia gélida entraron al galpón. Hicieron fuego, comieron mate y galleta, pusieron a secar sus pilchas. El criollo presume del arte de estar ocioso sin aburrirse; conversaron mientras llegaba el mediodía y destinaron la tarde a reconocer el galpón. No había traza de animales ni frutos del país, el sitio parecía abandonado largo tiempo atrás. Cuando escampó fueron a ver las ruinas cercanas. Se trataba de un enorme edificio de muchas habitaciones, de cuyas paredes espesas de ladrillo solo quedaban trazas de altura variada. En el centro del laberinto había una plataforma circular de piedra labrada, del ancho de un tiro de lazo, rodeada de pasto quemado por la helada.

 

En invierno no hay muchas ocasiones de emplearse en el campo, y apenas consiguieron una changa para alambrar unos potreros en una estancia vecina, donde se alojaron. Pidieron señas de la casa en ruinas, pero los lacónicos peones solo mencionaron un antiguo estanciero que tenía relaciones con “indios malos” antes de los tiempos de Rosas. Uno de ellos agregó: “Yanquetruz sabe de esas cosas”, y no se habló más.

 

Un indio anciano, por mal nombre “Yanquetruz”, cuidaba un puesto entre las lagunas del Sur, y entregaba todos los meses al capataz treinta cueros de oveja, que comía con sus perros. Los pocos que tenían trato con él le temían, y solamente se allegaban a su rancho entre los juncales unos pocos forasteros curiosos de encontrar un sobreviviente reseco de los malones. Se le atribuían unas desgracias muchos años atrás, una partida de tres policías degollada en la laguna durante un procedimiento contra su tapera. Si era cierto, se discurría que los otros eran muchos y armados y el viejo había sabido defenderse. Se habló en las cocinas de gualicho y lobizón, pero todas esas historias eran ya viejas cuando la guerra del Paraguay. Ni la edad ni el origen del indio, ni la causa del accionar policial eran conocidos. Se decía también que Rosas había mandado exterminar a los moradores y demoler la casa.

 

Se hicieron a la rutina. El alambrado era dificultoso, porque el patrón quería ver el campo primigenio, y cada tramo debía ser tendido en el fondo de una amplísima zanja, de modo que empleaban mucho más la pala y la carretilla que esa herramienta plana con muescas y  perforaciones que los alambradotes conocen como california. Los campos dormidos del invierno recibían cada palada como una herida.

De las tareas sedentarias desagradables al nómada, ninguna lo es tanto como la construcción; los nuevos zanjeadores  aliviaban su obligación con escapadas hasta la laguna con la excusa de traer agua; allí vieron al indio rondar la piedra redonda y lo espiaron cantando en lenguas, seguramente bebido, algo como Iä! Iä! N’ghaa, nn’ghai-ghai!. Yog-Shothath! Yog-Shothath!

 

Fatalmente, una tarde de domingo fueron hasta el rancho del viejo, con la excusa de retirar los cueros mensuales, y se invitaron a compartir un porrón de ginebra que llevaban. El indio no era solitario por vocación, y al rato hablaba complacido de malones y fronteras. Cuando comentaron que habían visto la estancia en ruinas,  el viejo se volvió cauteloso, pero no esquivó el bulto: Dijo que había sabido ser de un kalku huinca de gran poder que adoraba los Ngen-kürëf. Se rió del cuento de Rosas y accedió a enseñar que un kalku es un brujo y los Ngen-kürëf, espíritus de los vientos, y  aclaró por las dudas que él no tenía nada que ver con ese lugar.

 

Incentivados por la ocultación del indio, los dos hombres fueron el jueves siguiente a Maipú a buscar en viejos diarios locales alguna noticia, pero su traza proletaria y la vaguedad de sus pesquisas no les allanó el acceso al archivo del periódico; El gringo de lentes que finalmente los dejó rebuscar los números mensuales de casi cincuenta años antes cerró temprano la redacción para ir al boliche, aunque el escaso tiempo disponible fue suficiente para ver que poco hallarían. Preguntaron en la estación si alguien conocía de tiempos de antes, y los encaminaron a un excéntrico que rondaba la plaza y que era encargado de tirar las bombas en las fechas patrias. Hallaron que era hombre leído y memorioso. Los ilustró acerca del antiguo nombre de Maipú, Monsalvo, que significaba “monte blanco”, en referencia a un médano elevado cubierto de nieve que observaron los primeros exploradores, ubicó la estancia en tiempos de Alsina y pronunció que el propietario había alzado a ciertos salvajes en un malón inusitadamente cruento y fue recluido por su familia hasta su muerte, para evitar que lo ajusticiaran. Los guerreros indios fueron muertos en la acción o huyeron, y la chusma remanente fue obligada a demoler las edificaciones de la estancia, que les habían servido de fortaleza y templo, y a arrojar los escombros a las lagunas. Hubo luego muchos cuentos de viejas acerca de la luz mala, pero poco llegaba de ese rincón mísero del partido a una ciudad progresista.

 

La historia de la partida asesinada les llegó de otra fuente: Un turco que compraba cueros en un carro y los llevó de regreso refirió que había comentado, años atrás y en una estancia vecina, que el indio del pajonal seguramente cazaría nutrias. Un paisano viejo, veterano del Paraguay, lo disuadió advirtiéndole que el indio era de cuidado y que cuatro policías que habían querido obligarlo a desenterrar un supuesto tesoro en la estancia abandonada habían sido hallados más tarde en condiciones espantosas. Lo irregular del procedimiento había obligado a encubrir todo, y los finados fueron velados a cajón cerrado, caídos en cumplimiento del deber en lucha contra el abigeato. El turco no era tal sino sirio de lengua árabe, y agregó que en el desierto al sur de su país había escuchado una historia parecida que los sabios derviches narraban agregando: Yaji Ash-Shuthath, “no hay paz en las Puertas”

 

Volvieron a la excavación, ya muy avanzada, y a visitar al viejo. Durante una tempestad que se extendió por varios días, fueron a tomar mate y conversar. El tema obligatorio era el campo de antes y el de ahora, que el indio machacaba hasta el aburrimiento. Recordaba  los últimos ñandúes y los primeros montes de eucalipto, el telégrafo y el Ejército Grande. En una grieta de la tarde le preguntaron si había conocido a los indios que habían vivido en la estancia demolida. Contestó que no, y que no eran pampas sino mapuches boroanos que invocaban a los huecufü, los seres del exterior, y habían sido devorados. Lo dijo con esas mismas palabras, y les enseñó la frase: “Chi wentru pengey” entre borbotones de risa incontrolable. Se fueron sin aclarar sus dudas, pero con la certeza de que el indio conocía el secreto.

En la pampa gringa de entonces era poco menos que imposible encontrar a un indígena que los orientara sobre el misterio o tradujera esas palabras enigmáticas, por lo que decidieron olvidar el tema.  Fueron hasta la casa grande a ver los nuevos y enormes galpones de toros. La patrona plantaba en el enorme vivero del parque las flores que había traído de Bélgica, seguida por un chico que empujaba una carretilla.

 

Cuando terminaron el potrero cobraron, se despidieron y rumbearon a la estación para retomar su vida trashumante. El indio los esperaba en el galpón y los convidó a visitar las ruinas. Les mostró con total naturalidad dónde estaban las habitaciones de los adeptos y el templo secreto, les habló del altar de sacrificios y las prisiones subterráneas, les describió ceremonias y rituales olvidados ya en las orillas del río Toltén, en la tierra natal de los Mapuches, por los antiguos brujos. No aceptó preguntas, pero a la madrugada volvería y les contaría más. Intrigados, durmieron al amparo de las paredes desmoronadas y despertaron entre las ruinas en medio de la noche, cuando los llamó el indio, poncho negro y una estela de piedra en la mano izquierda. Les explicó que la piedra redondeada se había erigido para llamar a un ser de afuera, un huecufü poderoso. Parado ante ella aguardó a que las Tres Marías asomaran un palmo sobre el horizonte, justo al Este, y buscó a su izquierda una estrella rojiza, a la que invocó con una letanía que empezó baja y se transformó en un torrente de palabras enrevesadas que no era el idioma  de los Pampas: Iä! Iä! N’ghaa, nn’ghai-ghai! lii! Iä! N’ghai, n-yah, n-yah, shoggog, phthaghn! Iä! Iä! Y-hah, y-nyah, y-nyah! N’ghaa, n’nghai, waf’l phthaghn. —Yog-Sothoth! YogSothoth!”

El aire se congeló y un enjambre de globos brillantes se acercó desde la estrella, flotando sobre montes de talas y lagunas, donde se multiplicó en colores indecibles. Una oscuridad fluía entre los globos y se transformaba en un dragón y un pulpo azul, un erizo de colmillos y plumas, una polvareda y una mujer cubierta de plumas blancas que se precipitó sobre el altar. Solo entonces vieron a los dos flautistas a sus lados, advirtieron que habían estado oyendo una melodía dulce y funeral, comprendieron la risa desatada del anciano y su dedo señalándolos. La aparición atrapó al más cercano, lo retorció como  un lazo y lo arrojó a los escombros. Ahora el ser tenía el color de las amapolas y semejaba un caballo y un búho. Tomó al sobreviviente por los talones y se alejó hacia el horizonte, sobre las lagunas que ya tomaban el color de los ojos de Dios.

El indio viejo reía y gritaba ¡chi wentru pengey! : “Alguien vio al hombre”

                   

Un Pequeño Paso para el Hombre.

Un pequeño paso para el Hombre

 

“Hermoso. Hermoso. Magnífica desolación.”

Buzz Aldrin, en respuesta a las primeras

y más famosas palabras de Neil Armstrong,

Luna, julio de 1969

 

La misión Apolo 11 regresó con dos cajas de muestras de rocas selenitas, que fueron analizadas en los laboratorios u obsequiadas a las naciones amigas. Insertadas ajustadamente entre el instrumental, eran plateada una y de aluminio la otra, y fueron abiertamente manipuladas mediante un aparejo de cinta plana y fotografiadas al regreso. Sin embargo, el aspecto más secreto de la misión fue que las cajas no llegaron vacías a la Luna. Adentro se embalaron ciertos objetos que aún están allí, enterrados en un sitio indeterminado, cercano al del alunizaje.

 

La carrera espacial había estado indudablemente inspirada en el patriotismo y la ideología, y los EEUU deseaban ostensiblemente demostrar que estaban delante de los soviéticos en tecnología espacial y militar llegando primeros a otro cuerpo celeste. Otra causa, secreta y oscura, inspiraba a un puñado de hombres situado cerca de la cúspide del poder, a llegar al satélite cuanto antes: Urgía sacar del planeta ciertos objetos que amenazaban la misma existencia de la raza humana.

 

El primero de ellos provenía del sudoeste del Reino Unido y había sido custodiado por más de tres siglos en los sótanos de la Torre de Londres. Durante una tormenta eléctrica en medio de un súbito huracán en 1638, la iglesia de Dartmoor fue atacada por rayos esféricos que mataron a varios de los feligreses. La leyenda local decía que un jugador de cartas había hecho un pacto con el diablo, que se consumaría cuando aquél se durmiera en el templo. Sucedió, y el diablo reclamó su alma. Al partir, los ases de la baraja del condenado habrían caído al suelo, y fueron conservados y exhibidos en la vecina posada de Warren House. En relatos más verídicos, el supuesto jugador era un brujo que invocó la tormenta y en ella, a un ser que llegó desde un cielo oscuro entre globos de luz coloreada y que el hechicero dirigió contra los fieles que lo hostigaban a causa de sus artes negras. Cuando el visitante regresó a las alturas, la enloquecida población despedazó al nigromante y saqueó su morada. En ella estaba el objeto que, al costo de millones de dólares y los mejores esfuerzos de los científicos más calificados, sería enterrado en el Mar de la Tranquilidad.

 

Dos siglos y medio más tarde, en 1897, un objeto no identificado cayó sobre el molino de un juez en Aurora, Texas. Su tripulante, que las crónicas periodísticas identifican como “de otro mundo”, fue enterrado en el cementerio local, en una tumba sin lápida.

En 1973 los investigadores de OVNIs de MUFON descubrirían allí una futurista aleación de aluminio y hierro, una lápida con un disco volador grabado en ella, un pozo sellado con concreto donde se habrían arrojado los restos de la nave. Pero habían llegado tarde: el objeto más significativo y anormal, que hubiera trastornado no obstante sus especulaciones racionalistas, estaba ya en la Luna.

 

Pocos años más tarde, los investigadores de una serie de crímenes en una localidad perdida de la llanura bonaerense allanaron un rancho y encontraron al morador indígena y principal sospechoso asesinado de un balazo en la frente. La casilla había sido incendiada, pero la combustión incompleta había preservado el cadáver y una estela de material desconocido que las manos de éste aferraban aún. La autopsia reveló que la bala era de plata y que el indio era casi bicentenario. El caso llegó a oídos alertas y la estela, olvidada en un museo policial, fue robada y puesta a buen recaudo hasta su inclusión en la caja plateada.

 

En 1947 y en la isla de Maury,  estado de Washington, seis objetos luminosos se precipitaron sobre el bote de un marino que recogía troncos con su hijo y dejaron caer un trozo de escoria que mató a su perro. A la mañana siguiente, un extraño agente lo visitó para amenazarlo, aunque él no había hecho público el encuentro. A pesar de las intimidaciones, el marino lo contó a su jefe y éste llamó al ejército; años después, el superior, que llevó una vida signada por las conspiraciones, fue detenido durante el asesinato del presidente que impulsó el programa espacial y la conquista de la Luna. El avión que llevaba a los investigadores militares de regreso con evidencia del encuentro se estrelló en un lugar que no se identificó hasta sesenta años más tarde. El ente que había desencadenado el contacto, o más bien su imagen, viajaba entretanto hacia el desierto en el baúl del Buick flamante del visitante de la primera mañana, donde sería custodiado en espera de su transferencia a un sitio seguro. Fuera de la Tierra.

 

El incidente que decidió finalmente la misión se produjo en Point Pleasant, Virgina del Oeste, a fines de 1966, cuando dos matrimonios fueron interceptados y perseguidos por un ser enorme de ojos rojos y alas membranosas, rodeado de esferas de luz de diversos colores. En las noches subsiguientes aterrorizó a los vecinos y acechó las ventanas. Lo llamaron Hombre Polilla. Tras una oleada de contactos telepáticos proféticos, globos de luz inteligente, apariciones de extraterrestres e histeria colectiva, arrasó un puente sobre el río Ohio, con un saldo de 46 víctimas. Una secta del cercano Charleston, integrada principalmente por hispanos y mestizos, fue detenida esa noche e internada en una prisión secreta de Wyoming. Sus creencias y prácticas eran tan repulsivas que nunca volvieron a tener contacto con otros humanos, ni entre ellos.

El ídolo que usaban para invocar al ser de las estrellas se sumó a una colección ya intolerable. Fanáticos tenaces rondaban los sitios donde se guardaban, aunque se los mantuviera en secreto, y los crímenes rituales se multiplicaban. Para mayor alarma, las detonaciones nucleares en cierta ciudad submarina detectada bajo el Pacífico no habían dado el fruto esperado, y la contaminación radioactiva era ahora enorme, produciendo miles de casos de cáncer de estómago y la protesta de gobiernos amigos. Acciones similares en Mururoa habían sido más efectivas, ya que al menos habían erradicado a los visitantes superficiales, pero aparecían insuficientes. El próximo incidente podía involucrar a miles en una gran ciudad y desatar el pánico. Era un problema extraordinario que requería una solución extraordinaria. De este modo se llenó la primera caja.

 

La otra estaba repleta de libros, mayormente en latín: El Museo Británico, la Universidad de Buenos Aires, la Biblioteca Nacional de Paris, las Universidades de Arkham  y Harvard, Massachussets y la Universidad de Lima habían cedido con alivio sus copias, irritados por los lectores curiosos, e inquietos a causa de ciertos investigadores fanáticos. A último momento se agregó el tomo de la Biblioteca Secreta del Vaticano.  Había también tres ejemplares en griego: una requisada en Salem, Massachussets, durante la caza de brujas; el volumen del Monasterio de San Juan el Divino de Patmos, y el de la Biblioteca Marciana de Venecia, que databa de la caída de Constantinopla. Dos originales árabes,  uno hallado en Mokka por un comerciante vienés de café, cerca de la casa donde vivió Rimbaud, y el otro proveniente de Basora. El bloque comunista confió siete ejemplares más, provenientes de Kazan y  Cracovia, Berlín y Praga, Samarcanda, Beijin y Huang-Zou.  La historia enseñaba que no era viable destruir esos libros, porque habían sobrevivido a quienes lo intentaban, pero en breve quienes desearan consultar sus hechizos deberían emprender un viaje largo y difícil. Además, en todas las copias se destruyó la página setecientos cincuenta y uno.

 

Meses y años de preparativos y valijas diplomáticas se elevaban en una llama purificadora que surcó el espacio y se posó en la Luna. Sorprende saber que las evoluciones de los astronautas de Apolo 11 en las escasas dos horas y media de su caminata lunar se limitaron al territorio de una cancha de fútbol: Si imaginamos el módulo estacionado en un extremo de la medialuna del área, los traslados se concentran en la misma mitad del campo, de un corner hasta el lateral opuesto. Un recorrido aislado de Armstrong cruza hasta el imaginario punto penal de la otra área, el borde del llamado Cráter Este. Suponemos que allí llevó las dos bolsas protegidas por extraños símbolos que ocupaban las cajas, y allí están ahora, donde nadie pueda emplearlos ya, ni asomarse a los abismos malignos de cierto trapezoedro de cristal, el ejemplar más aterrador en ese terrible conjunto.

 

Finalmente cargaron los Contenedores de Muestras de Retorno, llenos ahora con veinte quilos de piedras lunares, en sus colocaciones entre el instrumental, subieron y cerraron la escotilla, durmieron unas horas siguiendo el programa. Descubrieron que la llave de encendido para el retorno estaba rota; el bolígrafo de Aldrin permitió la ignición de partida.

Mientras el vehículo emprendía el regreso, los escapes de los impulsores derribaron la bandera plantada demasiado próxima a la nave, empujaron polvo lunar sobre el agujero recién cubierto en el cráter, estremecieron la placa que testimoniaba el viaje, grabada con imágenes de la Tierra y las firmas de los astronautas y el presidente Nixon. 

Una leyenda breve proclamaba la  misión del viaje: “Los hombres del planeta Tierra pusimos por vez primera nuestros pies en la Luna, Julio 1969 DC. Vinimos en busca de paz para toda la Humanidad”.

 

                         

 

Este relato está registrado en Propiedad Intelectual, por favor si deseás publicarlo en tu blog o en algún sitio de Internet, indicá que el autor es Claudio Casco. Me gustaría que me avisaras al mail lqncac@gmail.com para contarle a mis amigos. Gracias

Vuelve a nosotros esos tus Ojos.

 

 

 

Vuelve a nosotros esos tus ojos

 

“En los últimos días, falsos videntes se levantarán como

un enjambre de moscas del infierno para oscurecer

las apariciones verdaderas con otras falsas”

Marie Julie Jahenny

 

A pesar de la conmoción que causan en el común de la gente las apariciones marianas, es generalmente ignorado que se han anunciado más de trescientas manifestaciones de esta clase en el siglo XX. Pocas de ellas fueron aprobadas por la Iglesia, y algunas de estas, como las de Beauring y Akita, son desconocidas por la mayoría de los fieles fuera de los países donde se produjeron.

 

Las apariciones de la Virgen en San Eladio, en unos viejos campos de la llanura bonaerense, no tuvieron tampoco, y puedo agregar que por ventura, la publicidad que su extrañeza merecía.

La vidente, una mujer  de la capital, visitaba semanalmente una casa familiar dilapidada y rodeada por un monte abandonado de duraznos, y no tenía inclinaciones místicas, ni en verdad más preparación religiosa que el catecismo de las 95 preguntas. La noticia de sus visiones llegó  a los vascos viejos del almacén, al cura que celebraba cada quincena en la capilla, al obispo lejano y prudente. No trascendió a la prensa y la radio, quizá porque otras apariciones contemporáneas en San Nicolás y Salta subyugaron a los buscadores de lo maravilloso dentro y fuera de la iglesia, o  porque de los pueblos olvidados junto a las vías muertas del tren lechero ya no se esperan noticias.

 

Me enteré de pura casualidad y de boca de un peón retacón que había venido a ayudar en una yerra y capada en campo de unos amigos, y se había empecinado en jinetear un toro afuera del corral. Durante el asado contó que una mujer de una quinta de las afueras del pueblo, apenas unas casas vacías, veía a la Virgen, y que ellos mismos habían visto luces raras a la aurora y “a la izquierda de las Tres Marías”. No dijo más, pero preguntando supe que era de san Eladio y el sábado siguiente aproveché mi caminata semanal para ir a ver.

 

Al llegar me intrigó la estación, llena de pintadas coloridas, incoherentes en un pueblo abandonado de gente vieja, donde un grupo de pentecostales hacía una reunión a la intemperie ya que, dijo con pesar y reproche el pastor, no tenían templo donde reunirse.  El oficio terminó con una invectiva contra los impensables pecados de drogadicción y libertinaje que el religioso censuraba al poblado. No parecían el momento y lugar más adecuados para preguntar por las apariciones, pero el día corto de fines de julio y el regreso problemático a casa no me daba mucho tiempo para discreciones; me acerqué a dos señoras que se habían mantenido algo apartadas; me indicaron la casa y se ofrecieron a presentarme a la vidente que, deseosa de comunicar los mensajes celestiales, buscaba vincularse con los pobladores luego de haber recibido una fría recepción del sacerdote y del grupo de oración local.

 

Supe que los contactos no se habían iniciado más que unas pocas semanas antes y eran esporádicos: la visionaria se encontraba con la Madre de Dios en un claro en el centro del duraznal, junto a un redondel de cemento donde hubo antes un tanque australiano, habitualmente por la madrugada. Era despertada por “dos seres celestiales que tocaban flautas” y cuando llegaba al sitio, la Virgen estaba entre ambos ángeles y hablaba con ella. Era una figura luminosa entre “globos de luz de varios colores”.

 

Los mensajes eran variados: en ocasiones pedía oración y arrepentimiento, en vista de un inminente “castigo”, en otros censuraba las costumbres o demandaba la erección de una “gran iglesia circular” en el sitio. Los comentarios de las vecinas se acallaron cuando llegamos a la casona de material de dos pisos, realzada por una galería lateral en la que se desplegaba una glicina centenaria y un balcón de hierro que recorría todo el frente. En una de las pocas habitaciones habitables, una mujer sencilla dirigía el rezo del rosario, secundada por media docena de personas de edades y condición diversa. Nos quedamos en un rincón y luego nos unimos al grupo para las consiguientes galletitas, caramelos y mate. Me presentaron como vecino de un pueblo cercano y no necesité fingir desconocimiento ni ocultar mi curiosidad. La mujer continuó el relato de las enseñanzas que había recibido  y que por lo visto había empezado unos días antes. Mientras escuchaba, revisé con la mirada las estanterías repletas de imágenes; estaban representadas las advocaciones marianas frecuentes y las poco conocidas; los santos principales, los secundarios y algunos postulados, como el respetable Pancho Sierra, el discutido Gauchito Gil, el improbable san Ernesto de la Higuera; no faltaba la temida advocación de San La Muerte, con su botella de agua y su rosa.

Observé atentamente a esa mujer de ojos brillantes y cabello cuidado, vestida modestamente pero con arreglo, que hablaba con expresión sincera y una calidez simple. Me cuidé de no contradecir las afirmaciones cuestionables que exponía con tanta seguridad, aunque me costó cuando expuso como doctrina que todas las religiones son en el fondo una y la misma, ya que todas conducen a la salvación, y que María era Madre de todas las Naciones, y que le habían sido enseñadas en los encuentros del monte de duraznos.

Mi primera reacción fue de gozoso estremecimiento; la siguiente, de desconfianza: consideré las supuestas apariciones como una mistificación nacida del deseo de ser diferente y superior (confieso que urdí estos tranquilizadores juicios lejos de escapularios y velas, en el viaje de regreso)

Luego reflexioné sobre la persona: si la enseñanza era frontal y polémica, el tono de la vidente sonaba humilde y conciliador. Terminé por creer que realmente estaba convencida de ver a alguien, y de transmitir un mensaje del cielo porque lo consideraba su misión.

 

Mi formación religiosa tampoco excede demasiado la doctrina  y la misa de los domingos. Busqué auxilio en la escasa literatura disponible sobre apariciones marianas. Lo poco que leí no me permitió formarme un juicio sobre los hechos de san Eladio, y no encontré eco a mis preguntas en el clero; seculares y regulares mostraban un inconfundible recelo o un desconocimiento que los eximió de todo compromiso.

 

Traté de olvidarme del asunto, pero la curiosidad, que debería figurar entre los pecados capitales y que me condenaría a mi infierno actual, me llevó una semana más tarde al pueblo de las nuevas apariciones. Fui por la mañana y en vano, porque la casa estaba cerrada. Averiguaría más tarde que la vidente no admitía ahora visitantes hasta la caída del sol. Como no conocía más que de vista a mis guías de la primera ocasión, decidí esperar a la reunión de pentecostales, pero un cartel en la estación anunciaba que se suspendía porque el pastor estaba enfermo. Como no había dónde pasar las horas, fuera del almacén, volví por la tarde y en una discreta ronda di con una de las concurrentes, que me aclaró el novedoso horario de la visionaria y los no menos llamativos cambios en sus costumbres y mensajes: La Virgen les habría comunicado ahora que el cura y el obispo pecaban en no difundir los mensajes y que su dureza afligía al Cielo, que lo experimentos de clonación debían cesar porque los niños que nacerían serían demonios encarnados, y que la comunión en la mano era inválida y ofendía a Dios. Mantenía, sin embargo, el aviso del castigo inminente, consistente ahora en tres días de oscuridad poblada de demonios.

 

Comentaron que se habían visto forasteros en automóviles desconocidos y lujosos durante el domingo, y algunos habían sido recibidos en la casa durante las noches de esa semana, y las luces estuvieron encendidas hasta tarde. Decidí volver, y el regreso a casa se hizo largo, porque la ruta estaba parcialmente cerrada por la policía y los bomberos, que retiraban un cadáver encontrado al mediodía en la cuneta.

 

Al sábado siguiente regresé al atardecer, decidido a entrevistar a la visionaria y aliviar mis dudas. Frente a la casa cerrada había un hombre esperando dentro de una camioneta; cuando vio que me quedaba junto a los paraísos de la vereda de ladrillos me hizo luces y subí a refugiarme del frío creciente. Era de Lobos, nunca supe su nombre, y había sido más afortunado que yo: la vidente le había contado en un larga charla, “cosa de un mes atrás”, el principio y esencia de las apariciones.

Según escuchó, la mujer había encontrado en la casa y en un baúl de cuero, bajo unas herramientas oxidadas, un cuaderno de mano adulta pero insegura con frases rimadas y pequeñas poesías, todas hechas de palabras sin significado. Por entretenerse las leyó en voz alta y la extraña musicalidad le hizo registrarlas en un grabador portátil que usaba para estudiar idiomas. Cuando las reprodujo luego de la cena, como fondo se escuchaba una melodía de flautas que no recordaba. Supuso que se grabaría de la radio, encendida durante la lectura, aunque la música lejana sonaba tan extraña y seductora que  debería haber llamado antes su atención. Se sintió vagamente inquieta, pero escuchó repetidamente la grabación mientras leía y esperaba el sueño. Se despertó helada y disfónica en el claro del monte de duraznos, mientras amanecía, y creyó ver una luz que se alejaba hacia el naciente. Trató de no pensar en el suceso y se volvió a Buenos Aires. La semana siguiente, tironeada entre el deseo y un temor oscuro, regresó a la casa del campo, fue a la misa quincenal y al cine en el pueblo cercano y se acostó ya tarde. Esta vez despertó de pie frente al círculo de cemento, pronunciando aún palabras incomprensibles que reconoció luego como las del cuaderno y frente a sí, una mujer rodeada de luz y flanqueada por dos ángeles se le anunció como la Reina del Cielo.

Le dijo que no temiera, que la había elegido como emisaria de un mensaje de salvación para los hombres y que difundiera sus enseñanzas. Le habló de los pecados de los hombres que ofendían al Cielo, de la necesidad de enmendarse y del castigo inminente sobre los pecadores. Le exigió permanecer en la casa y acudir antes de la aurora al mismo sitio, donde debía leer el cuaderno que, según le dijo, contenía “oraciones en una antigua lengua de Palestina, agradables a Dios”

El resto de los mensajes era conocido por todos, aunque el hombre de Lobos apenas había escuchado rumores sobre el cambio de costumbres de la vidente y de tono de las revelaciones. Mientras aguardábamos, especulando acerca de un automóvil estacionado creíamos que desde hacía una semana frente a la vereda elevada,  me comentó el suceso que había causado en Lobos el hallazgo en la laguna de tres cadáveres, con horribles mutilaciones, que habían descubierto ese día “cerca del castillo y hundidos en el barro, como si hubieran sido arrojados desde una avioneta”, recuerdo sus palabras.

A pesar de haber anochecido completamente, solo se encendió una luminaria en el patio, al parecer accionada por una célula. Nos sentimos justificados a entrar por esta circunstancia impersonal, flanqueamos el portón, llamamos. Cayó una estrella fugaz. La vidente surgió del monte, con paso cuidadoso, y al reconocernos se acercó a recibirnos. La figura era la misma, la persona parecía cambiada por la experiencia mística; aunque se mostró amable, habló de vaguedades hasta conseguir desviar la conversación hacia los mensajes: Le había sido revelado que el Papa actual era un impostor, le había sido concedido el honor de ser santificada en vida, había sido instruida para comunicar que los fieles “deberían persignarse en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo y de la Madre”. Se expresaba con soltura y creo que con una delectación desconocida. La mirada recatada de las semanas anteriores era ahora frontal y desafiante. No nos atrevimos a mirarnos, dos extraños conectados ahora por un sentimiento y un temor común a la reacción de esta persona que ahora llenaba la noche. Mientras escuchábamos sin interrumpir, un patrullero se detuvo frente al portón de alambre y dos policías llamaron.

No cuento para el momento culminante ni siquiera con el testimonio de ese desconocido, que fue a abrir el portón y no presenció cuando la vidente inesperadamente escapó hacia adentro del monte. Desde la calle y al volverse, el hombre me vio solo y se quedó conferenciando un rato con los policías, mientras yo permanecí paralizado bajo la luz. Cuando los tres llegaron al patio, el lobense afirmó levantando la voz que no habíamos visto a ninguna persona en la casa. Al decirlo fijó en mi la mirada que no se atrevió a levantar frente a la vidente, amparándose en las sombras, y yo confirmé sus dichos con debilidad, juntando el poco valor que me quedaba para asentir con la cabeza. Explicamos el motivo de nuestra presencia, la simple verdad, y volvimos a la calle mientras los agentes inspeccionaban rápidamente la casa cerrada con llave. Volverían cuando hubiera luz para hacer pericias y tomar huellas.

El hombre de Lobos me alcanzó a la ruta para tomar el colectivo y me resumió lo hablado con los policías. Me asombró que hubiera tenido la presencia de ánimo para escuchar el relato de los policías sin dar muestras de terror pero, en verdad, él solamente intuía la verdad, y yo la había visto ante mí. Los policías buscaban a la mujer o, más bien, datos de sus movimientos, por orden de un fiscal de Capital, que había sido orientado hasta la casa en San Eladio por un párroco de Buenos Aires, al que había llegado en sus pesquisas guiado por un devocionario de la vidente.

Las investigaciones de la justicia se habían iniciado a causa de los sucedido en la madrugada del sábado, cuando dos hombres que pescaban en Cascallares vieron una sombra cubrir las estrellas “cerca de las Tres Marías” y escucharon lo que no tuvieron más remedio que describir como un “estruendoso eructo” que venía de el cielo y un golpe en los juncos. Ya alto el sol, juntaron valor, se acercaron al juncal y descubrieron un cuerpo de mujer que la policía y los bomberos retiraron al mediodía, mutilado y con las ropas desgarradas. En esas ropas estaba el breviario que, acompañado por una foto del rostro del cadáver, intacto y extrañamente congelado, permitieron al cura identificarlo como perteneciente a la vidente. Recorrimos las últimas cuadras en silencio, tratando de no poner en palabras la identidad de quien nos había recibido en el patio bajo la luz. Cuando la camioneta se alejó y mientras esperaba el ómnibus de regreso a casa, no me quedó ya cómo eludir el último recuerdo de horror que desde entonces crece y me obsesiona, y que solamente los antipsicóticos pueden mitigar en mi pensamiento: Cuando la vidente huyó hacia el monte, su rostro se ablandó y cambió por algo que no voy a nombrar; yo lo vi con claridad, bajo la luz impiadosa de mercurio, lo vi porque al huir a toda carrera e internarse en el monte, esquivando vertiginosamente los durazneros, la vidente ¡corría hacia atrás!

 

 

Este relato está registrado en Propiedad Intelectual, por favor si deseás publicarlo en tu blog o en algún sitio de Internet, indicá que el autor es Claudio Casco. Me gustaría que me avisaras al mail lqncac@gmail.com para contarle a mis amigos. Gracias

 

María Pastora

 María Pastora

 El cartero extrajo nuevamente de la mochila el paquete que lo había fascinado desde el mismo momento en que se lo asignaron en el correo. Era una caja del tamaño de un cartón de leche, despachada por una empresa de México a un destinatario domiciliado en un suburbio de la zona norte de la Capital. Lo había dejado para entregarlo al final del recorrido, de camino a casa, pero había seguido de largo cuando pasó frente a la casa en ruinas consignada en letra de molde cuadrada e insegura en el envoltorio.

 

El robo de encomiendas era infrecuente, y al menos él no lo había hecho nunca, pero sentía una curiosidad tan intensa que decidió al menos inspeccionar el envío. Quitó cuidadosamente el envoltorio y halló un envase de vidrio color ámbar oscuro,  una pipa de agua de cristal y un pequeño cuadernillo. Cuando terminó de leerlo, decidió transferir el contenido a un frasco estéril que compró en la farmacia, al regresar de fotocopiar el folleto, y rellenó el frasco con hojas secas y molidas de salvia común que consiguió en un supermercado, en reemplazo de la picadura que había sustraído. Rearmó la encomienda, que al día siguiente devolvería argumentando que el destinatario estaba ausente, y se durmió releyendo las increíbles instrucciones de la hierba.

 

En su primer sábado libre fue hasta la Reserva Ecológica. Se había ilustrado acerca de las propiedades de las pequeñas hojas, potenciadas al factor 10x, y estaba ansioso por probarlas. Raramente consumía alucinógenos, pero se trataba de una planta enteogénica que los Mazatecas empleaban desde la más remota antigüedad para relacionarse con los Dioses, llamadas Salvia Divinorum. Al parecer, se compraba por internet sin demasiados problemas y se distribuía por correo. Se internó en un rincón apartado y rellenó la pipa, que ya había cargado de agua. Aspiró la primera bocanada y retuvo el humo en sus pulmones unos minutos antes de inhalar el resto. De pronto sintió que alguien lo empujaba hacia el fondo del barranco, pero curiosamente no se movió, y la dirección del empujón cambió varias veces, como si una multitud lo arrastrara hacia varios lugares alternativamente. Una membrana que parecía cubrir los ligustros silvestres donde estaba escondido se fue pegando en su rostro y sus manos. El mundo había dejado de tener tres dimensiones, y las profundidades del bosque se habían plegado hasta formar una sola capa sin relieve. Se sintió atemorizado, pero no podía parar de reír. Descansó aferrado a las raíces de un ombú hasta que la risa y el efecto visual pasaron. Solamente le quedaba la sensación de disociación habitual en esos viajes.  Cargó la pipa con otro cuarto del preparado y dejó que el humo se acumulara, para luego aspirarlo en forma continua a través del agua refrigerante. Cuando sintió el efecto, se apuró a absorber el resto,  salió de la espesura y se sentó en un banco. Sentía la proximidad de una figura femenina que no podía definir. Unas chimeneas pintadas a rayas se destacaban sobre los paraísos y los sauces del borde del río. Pronto sintió que se fusionaba con ellas y pudo sentir el sol de la tarde y el viento en las franjas rojas y en las franjas blancas,  y deseó que lo hubieran pintado de otros colores, aunque era hermoso erguirse sobre la planta eléctrica como un racimo de tubos de órgano. Finalmente pudo apartar la atención y miró el piso. Ahora tenía cuatro años y estaba de excursión con el jardín de infantes en un parque de su barrio, junto a las vías del tren. Aunque quizá estuviera en clase, en tercer grado, porque lo agobiaba el tedio de las tardes de sol de noviembre y el olor a cuero de su portafolio. La maestra escribía en el pizarrón, y cuando se dio vuelta, vio que estaba desnuda y llevaba el guardapolvo entreabierto. Miró a los otros chicos para corroborar su asombro, pero se habían transformado en ranas vestidas con remeras blancas y amarillas que, como él, reían incontrolados. La maestra les sonrió con compresión y siguió escribiendo tranquilamente, cubriendo el pizarrón con dibujos obscenos en tiza.

El efecto pasó pronto, y le quedó una sensación incómoda que atenuó con tres pastillas de diazepam que tomó cuando le faltaba poco para llegar a casa. Aún brillaba el sol cuando se acostó, y lo despertaron las bombas de estruendo de los hinchas de Boca que festejaban el segundo tricampeonato, ya caída la tarde del domingo. Mientras escuchaba los comentarios en la radio, comprobó en las fotocopias del cuadernillo que los usuarios de la salvia divinorum informaban desde el principio de los tiempos encuentros muy similares entre sí con una figura femenina a la que llamaban la Pastora o Ska María Pastora.

 

El viernes pidió salir temprano, usufructuando unas horas que tenía a su favor, y se ubicó en medio de un rosedal multicolor, pero era un lugar demasiado transitado. Decidió caminar unos metros hasta la Reserva, en busca de privacidad, y al pasar frente a la fuente de Lola Mora, las Nereidas le produjeron una desagradable sensación de dejá-vu. Quizá no estaba en el mejor día para intentar nuevamente con la hierba mágica, pero el deseo lo atormentaba. Se sentó en la costanera a escuchar a Joss Stone en el Mp3 y cuando estuvo calmado y alegre nuevamente siguió hasta la costa, discurriendo entre juncales y alamedas mientras escuchaba “Canciones para el Nativo Americano” de Robbie Robertson, lo más adecuado que pudo encontrar para producir un entorno ritual. Se ubicó al pie de un enorme álamo plateado. En el tercer tema encendió la pipa, aspiró y pronto el mundo se hizo bidimensional y una película de plástico duro y transparente envolvió cada objeto. Apartó la vista de las chimeneas, ahora más cercanas, y se sintió absorbido por dos edificios cercanos, unidos por pasarelas, que pronto le parecieron exaltados, fálicos, obscenos. Quitó la mente con esfuerzo, solo para ser rodeado por las Dríadas de la fuente que, animadas por una lujuria incontenible, habían bajado de la valva que sostenían en lo alto a su compañera y danzaban con los palafreneros, espantando con su escándalo a los caballos que se debatían en las aguas convulsionadas. Las escasas personas que paseaban alrededor del monumento o entre los puestos de comida rápida estaban desnudas y tenían hocicos de ratas. Se quedó mirando fascinado el inesperado libertinaje, atraído por la increíble belleza y apasionamiento de las Ninfas. Cuando volvió a mirar alrededor, una multitud de alienígenas grises de enormes ojos negros sin esclerótica deambulaba por el paseo. Caminó entre ellos hasta el álamo plateado donde había estado fumando la Salvia, y los minutos se le hicieron eternos. Al fin llegó al sitio y se encontró a sí mismo, arrodillado y abrazado a una mujer de guardapolvo blanco que estaba de pie. Reconoció a la maestra del encuentro anterior, aunque no tenía rostro y era más alta que los sauces de la laguna. Se levantó con las rodillas llenas de lodo y caminó junto a la Señora, que lo conducía sujetándolo con una mano de muchos dedos. Cientos de aves blancas levantaban vuelo en el estanque y se posaban junto a ellos, convertidas en muchachas recubiertas de plumas. Le preguntó cómo se llamaba, y le dijo con voz acariciante que era aquel a quien conocen como el Cabrón de los Bosques con sus Mil Vírgenes, aunque los hombres también la habían llamado Kallypigos. La pipa le quemó los dedos cuando la tomó del lado equivocado al cambiarla de mano. Terminó de inhalar y cerró los ojos para aclarar la mente. Vio una muchedumbre de muñecos de Playmobil que desfilaba inexpresiva a lo largo de una avenida flanqueada por antorchas, entonando una letanía que no se pudo quitar de los oídos en los días siguientes hasta que supo que era parte del “War Requiem” de Britten. El cielo se oscureció y se desató una tormenta repentina. Un barco a vela con una bandera igual a la norteamericana pero con menos estrellas se dirigió hacia él, que estaba parado sobre las aguas del río.  Vencido por la corriente, el navío tocó fondo y quedó varado, hasta que el oleaje lo hundió. Los mástiles sobresalían del agua poco profunda y cerca de la proa se leía el nombre: “Delaware”

Se volvió hacia la ciudad, pero había sido reemplazada por una barranca sin árboles y  unos edificios pardos y bajos donde ondeaba una extraña bandera azul y blanca. Cuando llegó a los juncales de la orilla, los Playmobil estaban disfrazados de gauchos y cumplían los roles de los personajes de la Colonia actos escolares: El Aguatero, la Vendedora de Empanadas, El Mercader de Velas, el Pregonero. Respiró agitado y se aferró al tronco del álamo plateado, único rasgo distinto en una llanura infinita de limo recorrida por cangrejos blancos. Una mujer caminaba hacia él, y en la reverberación del calor prehistórico su forma ya conocida cambiaba a cada momento. Apartó la vista del espejismo con rechazo y entonces la vio: Muro sobre muro, torre tras torre de piedra implacable, brillante como el cristal, la verdadera Reina del Plata se erguía sobre un mundo muerto que nos espera en los siglos por venir.

La visión se evaporó cuando la pipa aún estaba caliente. Extrañamente, el trance no le dejó consecuencias ni sensaciones en el momento, pero al irse tuvo que caminar varios centenares de metros extras hasta la otra salida para evitar ver los edificios unidos y, sobre todo, la fuente de Lola Mora.

En la semana averiguó sin demasiada búsqueda que el bergantín Delaware, de bandera americana, se había hundido en el banco de Buenos Aires en 1814. En el preciso lugar donde está la reserva ecológica de Buenos Aires. Los porteños solían ir a caballo en las bajantes del río a ver sus mástiles quebrados y su arboladura cubierta de algas. Más difícil le resultó identificar la antífona cantada por los muñecos, hasta que en una disquería especializada la reconocieron como el Libera Me del último movimiento.  Kallypigos, supo, es un epíteto que los griegos daban a Afrodita, y en esta advocación se representaba a la diosa levantándose la túnica para mostrar las nalgas, de allí el nombre.

 El psicotrópico se había terminado. Se conectó con los proveedores a través de las direcciones electrónicas que halló en los folletos. Quiso comprar Salvinorin A, el alcaloide puro, pero su venta está prohibida, al igual que el DMT y el Psilocibin. Encargó entonces una dosis de hojas más potentes que recibió luego de tres semanas. Buscó un lugar tranquilo y pensó en el Jardín Botánico, pero al inspeccionarlo en una escapada durante el reparto se dio cuenta de que la estatua de la Náyade en la fuente y el grupo de la “Bacanal” condicionarían nuevamente sus visiones hacia lo erótico. Recordó entonces un lugar donde había ido a pescar con unos amigos, en Navarro, el sitio menos erótico que podía imaginarse.

 Llegó a Navarro, pago de Moreira, cerca del mediodía, entumecido por las horas interminables en colectivo desde Primera Junta, solamente aliviadas por una rubia repolluda que contaba cómo había sido elegida reina del corso de Las Heras.  Cuando se bajó, prestó atención a una profesora de historia que relataba a una amiga detalles de la batalla librada entre Lavalle y Dorrego en Navarro, la derrota y fusilamiento del úlimo. Cruzó el antiguo pueblo, con sus casas altas y viejas sin jardines al frente, y siguió por la vía abandonada hasta uno de los arroyos que desembocan en la laguna. Soplaba viento y el día era soleado.

Inmediatamente sintió que la hierba del nuevo envío era más concentrada, y se aferró al puente de hierro, aunque se había sentado en el pilar para evitar caerse. Su abuela lo sostuvo mientras le ajustaba la bufanda colorada para enviarlo al almacén a comprar galletitas, y sintió nuevamente el sabor dulzón de la leche de su madre y el olor de la manteca derretida en el pan tostado. Estaba en el taller de un amigo del papá, ensordecido por un auto de carrera que aceleraban con entusiasmo, y los gases de escape le quemaron las piernas que llevaba desnudas, porque aún usaba pantalones cortos. Lo llevaban en hombros y las hojas mojadas con el rocío de la mañana le empapaban el pelo enrulado. Se quedó dormido mientras lo tenían alzado en el cementerio, donde habían ido a llevarle flores al nono. Pronto estuvo nuevamente en la escuela, entre los sapos alborozados, recitando en coro los signos obscenos del pizarrón bajo la mirada atenta de la maestra que se quitaba el guardapolvo y lo llevaba de la mano a la dirección, donde el retrato de San Martín había sido reemplazado por una hermosa mujer con el torso desnudo. La directora escuchó complacida su lectura dubitativa de unos versos de indecible procacidad, y lo hizo salir al patio invadido de retoños de álamo plateado que brillaban al sol, movidos por el viento primaveral, donde izó una bandera con franjas de muchos colores. Por el puente de hierro avanzaron dos generales de uniforme antiguo; uno de ellos llevaba la pechera manchada de sangre. Unos indios armados de boleadoras y tacuaras abrevaban los caballos en el arroyo, a la sombra del puente, donde un compadrito con un enorme facón a la cintura fumaba en silencio. El puente era de troncos plateados de álamo cuando minutos después lo atravesaron las tres mujeres maduras que lo conducirían a la entrada de una caverna entre los juncos, cuajados de huevos rosados de sapo. Se deslizó por un agujero de mulita hasta caer en un recinto enorme, iluminado por picos de gas. Las tres damas le dieron la bienvenida al reino de Shubb-Niggurath, el Cabrón de los Bosques con sus Mil Vírgenes, oscuro y tumultuoso.

 

Esta parte del relato es ingrata, aunque procuraré no agregar nuevas torpezas a las que no pude evitar escribir. En el magnífico Museo Arqueológico Nacional de Nápoles hay una sala, llamada Gabinetto Segreto, que en los años treinta solo se podía visitar con la autorización del ministro de educación de la República de Italia. Allí se exhiben hoy, sin mayor restricción que el debido al decoro y sin otro requisito que una mayoría de edad morigerada, objetos y representaciones descubiertos en toda la Campania, principalmente en Pompeya y Herculano. Los objetos reproducen fatigosamente cierta parte de la anatomía masculina a la que la imaginación de los antiguos atribuyó formas, usos y tamaños diversos No callaré que a menudo la dotaban de alas, porque los ejemplos son abrumadores y numerosos. Las representaciones documentan escenas genésicas entre animales, entre humanos “more ferarum” o en diversas  e ingeniosas posturas, frescos persuasivos que adornan aún el lupanar pompeyano, escenas campestres y carnales de enanos y bestias. Eso fue lo que el asombrado repartidor de cartas vio en la caverna, perfeccionado por veinte siglos de mejora continua. Presidía esa mezcla de sex-shop y lenocinio una figura majestuosa de guardapolvo blanco recogido hasta la cintura, que descendió de un trono cuya forma y materia no revelaré. Rodeando a dúos, tríos y grupos que cubrían literalmente el suelo se acercó al visitante. Ya no sonreía. Las tres mujeres arrojaron al cartero a uno de los grupos, luego de desvestirlo a tirones. Fue entonces que advirtió que todos los presentes tenían su mismo rostro, aunque las expresiones de cada individuo eran diferentes, porque reflejaban su tormento interior personal e intransferible. Pensó que era solo una visión de la Salvia, que todo pasaría pronto y que volvería a casa, antes de empezar a llorar en silencio, mientras manos y cuerpos lo hurgaban con codicia. Finalizado el episodio, varias criaturas grotescas que agitaban ramas secas lo pasearon con las manos atadas a la espalda sobre el lomo de un lagarto cubierto por una sábana. Los precedía un gaitero embozado y la procesión incluía mujeres resignadas, batracios y saurios jubilosos y aves de corral rodeadas de sus polluelos. Antes de desvanecerse reparó en los incontables perros de la caverna que corrían frenéticos en círculos, enloquecidos por los efluvios de la muchedumbre.

 Quizá fue algunas horas más tarde cuando pasó volando sobre el puente de hierro, aunque el tiempo ya había dejado de existir. Las aves blancas de su bandada siguieron hacia la iglesia de San Lorenzo, destacada sobre los techos bajos, pero él se quedó a examinar y picotear con curiosidad un cadáver helado que aún sostenía una pipa de agua entre los dedos agarrotados.

                                    

 

Este relato está registrado en Propiedad Intelectual, por favor si deseás publicarlo en tu blog o en algún sitio de Internet, indicá que el autor es Claudio Casco. Me gustaría que me avisaras al mail lqncac@gmail.com para contarle a mis amigos. Gracias

Consejo de Guerra.

                                     

Campo Quebrado y Mar a la Distancia.

En abril de 1570 el regente de la Real Audiencia Hernán Pérez de Grado regresó a Las Palmas luego de un viaje accidentado a la isla de San Borondón, en cuyas costas inhóspitas perdió a parte de su marinería. El hecho no despierta interés excepto en quienes saben que la tal isla no existe o, por ser más precisos, se encuentra perdida luego de haber pertenecido al grupo de las Canarias. Debe su nombre a San Brandán de Confert, quien habría cruzado el Atlántico Norte en una barca de cuero de toro con sus monjes hasta Terranova, en el siglo VI, y se la ha representado en nutrida cartografía. De la expedición de Perez de Grado quedaron solo quimeras. El mar es agua, y recuerda mal el paso de los hombres. El mítico cruce de Brandán, en cambio,  fue repetido en 1976 por Tim Severin.

 

Unos marinos contemporáneos llamaron San Borondón a una bahía en el otro extremo del mundo, quizá por la concavidad que las leyendas atribuían a la costa de esa isla esquiva, aunque este golfo pertenece al continente y articula la pampa inmensa de la provincia de Buenos Aires con el río desmesurado y el océano.

 

El criollo, el argentino mismo, desdeñan las aguas con coherencia: Concibieron una nación sin aberturas al Atlántico, y su capital da las espaldas al Plata; donde otros pueblos han creado costaneras y flotas, ha puesto almacenes olvidados y desdén. De este modo, Samborombón es uno de los sitios más desconocidos de la Argentina: ninguna ciudad se alza en sus costas, ningún turista la visita. Ha sido consagrada a los humedales y la naturaleza, como una huerta abandonada es llamada “tierra en descanso”. El poeta apenas la vislumbra tras la llanura que lo inspira, y se pregunta con nostalgia:

 

 “Quién sabe qué será de aquella estancia

 Allá en los pagos de la Magdalena:

Campo quebrado y mar a la distancia”

 

 

Por estos motivos, los sucesos de mediados de los sesenta apenas tuvieron relevancia entre los acontecimientos más estridentes de esa década apasionante. Los cambios comenzaron con la llegada de un grupo de laosianos a la desembocadura del Salado, traídos por un acuerdo del estado argentino con organizaciones humanitarias y de refugiados. Tenían el ostensible propósito de dedicarse a la pesca comercial; adquirieron naves y redes y salían a la mar. Enseguida se sospechó que en los muelles limpios trasegaban más el alcohol y los cigarrillos de contrabando que el lenguado y la corvina, pero nada se pudo comprobar. En verdad, los peces abundaron más que nunca, y la esquiva lisa remontaba el Salado hasta tan lejos como Roque Perez, en cardúmenes espesos que no se repetirían en adelante. Era común ver toninas en los alrededores de Punta Rasa y en el estuario de aguas rojizas, y se referían avistamientos de ballenas y lobos marinos. El paisano, cuya proverbial curiosidad lo llevó a apretujarse en la orilla de Quilmes para ver el desembarco de los ingleses en la primera invasión, también fue a conocer a sus nuevos compatriotas en los muelles de madera cruda. El recibimiento fue frío, y solamente le quedó la curiosidad de unos rasgos que eran semejantes al indígena, pero de un modo definido, eran ajenos a los que reconocían en los muchos tipos de hombre que había traído la inmigración. Poco más pudo el gobierno, aislado por la dificultad de la lengua y limitado por su función de consignatario incómodo: procuró, con el método que había perfeccionado en su papel de dos siglos como tierra prometida, que los hijos de los nuevos argentinos fueran a la escuela.

 

La zona era completamente ignorada en noticias, historias, personajes y aún mapas. Solamente había sido testigo de la olvidad batalla de San Gregorio. No había ni siquiera un auto de algún pueblo de la región en las competencias de Turismo Carretera, lo que era raro en la época. Para los habitantes, en cambio, era una zona singular. Había caído un raro meteorito en 1910, coincidiendo con el cometa Halley, se veían con muchísima frecuencia luces bajo las aguas u objetos luminosos que salían del río y quedaban suspendidos sobre los talas de la costa. Algunos pobladores que recorrían los caminos en automóvil fueron perseguidos por luces durante kilómetros, a otros se les aparecieron misteriosos personajes de pelo blanco que hacían dedo y formulaban preguntas incoherentes a quienes los llevaban, y a los que nadie volvía a ver. Luces que caían en los pastizales provocaban incendios vistos por muchos, pero los bomberos no encontraban rastros cuando llegaban a extinguirlos. En el plano del absurdo, un habitante en bicicleta se topó en la noche con ¡un ataúd blanco que flotaba a un metro del piso! Igualmente increíbles pero más ortodoxos eran la puerta anaranjada que aparecía en los caminos rurales y los burlones enanos cabezones que interceptaban a viajeros y pescadores en sitios apartados.

 

Los asiáticos agregaron un matiz exótico a las historias, especialmente porque, tras su llegada, la actividad subacuática se hizo intensa, aunque procuraban alejar a los curiosos de las costas. Fueron los principales impulsores de las reservas de vida silvestre en los humedales y financiaron generosamente varios emprendimientos conservacionistas. Sospechosos de traer armas de contrabando, fueron contactados en vano por la Resistencia Peronista y el Partido Comunista Revolucionario, que asociaba asiáticos con maoístas. La única actividad notable de la colonia, por otro lado, era organizar una regata nocturna el treinta de abril, noche de Walpurgis, hasta un punto alejado del estuario, donde nadaban en el mar abierto.

 

La perspectiva de los testimonios cambió cuando un avión de la marina persiguió un OVNI hasta la altura de Magdalena, en un avistamiento reconocido oficialmente. No vio con claridad el objeto, pero el radar lo guiaba para aproximarse y estuvo a muy corta distancia del vehículo. El suceso motivó la formación de una Comisión Investigadora militar. Más significativamente, dos especialistas norteamericanos en radares fueron convocados con el propósito de verificar los equipos electrónicos que habían sido utilizados en el encuentro. Se trasladaron a la base y, además de los radares, revisaron con interés los detalles del incidente, entrevistaron a los protagonistas y exploraron la zona. Extrañamente, concentraron su atención en el mar frente a la bahía, e insistieron en recorrerlo en un aviso de la base naval. La zona era testigo de innumerables naufragios y había sido el primer lugar donde se detectó el OVNI perseguido. Uno solo de los técnicos conocía de radares, pero ambos eran investigadores de la agencia más secreta del gobierno norteamericano. El interés de su visita a una base perdida en una zona de fantasías y abandono estaba basado en acontecimientos que habían comenzado muy lejos del Plata.

 

La situación mundial a mediados de la década del sesenta era ya complicada. La guerra en Vietnam, los movimientos independentistas africanos y el conflicto de Medio Oriente que entraba en su fase más cruda habían tensado al máximo las relaciones entre las potencias. La agitación permanente en universidades y sindicatos de Europa y Estados Unidos colmaban con un frágil frente interno los desvelos de líderes y pueblos. Fue entonces que extraños informes de inteligencia comenzaron a recopilarse en los mares: Señales de actividad inusual y de origen biológico, reportes de migraciones masivas de vida marina y registros de extrañas pulsaciones telúricas en puntos precisos de la corteza submarina se abrieron paso entre la corriente burocrática de la OTAN, aún en París, y de Moscú, y llegaron a los escritorios de funcionarios desprevenidos y súbitamente nerviosos. Finalmente la increíble realidad de la información se impuso a su propia  imposibilidad, y los más modernos instrumentos se sustrajeron a la carrera espacial para dedicarlos a explorar el mar imprevistamente sospechoso. Se arrojaron todas las boyas con sonar disponibles desde barcos y aviones, y se usaron sistemas de sonar activo para cartografiar el mar en ciertos puntos. Silenciosos y veloces submarinos nucleares de las potencias intentaron una aproximación, pero algunos fueron destruidos cuando estaban a la vista de las ciudades submarinas. Porque de eso se trataba la alarma: enormes metrópolis submarinas infestadas de seres inteligentes resultantes de una biología anormal habían aflorado o, mejor expresado, habían sido exhumadas de los fondos del mar. El detector de anomalías magnéticas, que usa la magnetosfera terrestre para descubrir perturbaciones causadas por cuerpos metálicos, enloquecía al ser enfocado hacia las construcciones extrahumanas, y reportaba el espacio interestelar. Se obtuvieron imágenes detalladas pero incomprensibles del fondo del Pacífico, porque los conceptos de topología no se podían aplicar a la urbe. Los estudiosos de la teoría de grafos vieron sus postulados aplicados a un modelo real, multidimensional. Los ángulos de la ciudad estaban alternativamente en lugares diferentes del espacio, en algunos casos a millones de kilómetros de distancia, y las aristas y planos que éstos delimitaban se distorsionaban para acompañarlos. El movimiento era pausado pero inexorable, y en rigor, la ciudad solo era estadísticamente real, o mejor expresado, material. Los matemáticos que la estudiaron tuvieron la fuerte impresión de estar viendo una Variedad de Calabi-Yaud corporizada en tres dimensiones. La ciudad parecía diseñada por un genio de la geometría algebraica, con un talento para la teoría de las supercuerdas y las dimensiones compactas y la posibilidad de edificar sobre un terreno de más de tres dimensiones. Los habitantes, por su lado, eran igualmente problemáticos para la biología, que provisoriamente creó el género Anfisbena.

 

Las urbes no eran todas iguales, ni tenían el mismo tamaño. En el fondo del Pacífico estaba la mayor y más activa, y donde los fenómenos observados eran más extraños al universo normal. Una colonia de ésta se estaba estableciendo, al parecer, en construcciones antiquísimas de la zona de mareas de Mururoa, en el archipiélago de Tuoamotu. En el Atlántico Sur, frente al Río de la Plata, se descubrió la menor de todas, cuando los investigadores fueron atraídos por las manifestaciones de actividad OVNI. Éstos los que resultaron ser inmateriales en los estudios de precisión, numerosos y rigurosos, realizados por la marina americana, aunque estrictamente secretos. Dos embarcaciones similares a las que años después verían los porteños frente a Buenos Aires durante la visita del presidente Clinton estuvieron estacionadas frente a Punta Lara, investigando minuciosamente las apariciones. Por último, una ciudad estaba escondida bajo las aguas que había surcado la quilla del Mayflower, frente a Massachussets. Reluctante, la marina americana aportó los datos que había guardado herméticamente por cuarenta años: en 1927 habían torpedeado esa ciudad sumergida, incitados por los increíbles y alarmante hallazgos realizados en cierta localidad costera tras las frenéticas denuncias de un tal Orne, quien  había luego desaparecido misteriosamente. Sabían incluso el nombre de la urbe, revelado por unos mestizos  repelentes a los que tomaron prisioneros en el allanamiento al puerto yanqui: era Y'ha-nthlei. Los cautivos hablaron también de R’lyeh, la gran ciudad del Pacífico, centro de la raza submarina que llamaban los Profundos, donde vivía cierto ser mítico de nombre Cthulhu. La ciudad del Plata era aparentemente desconocida para los detenidos. Cuando la crisis se desató en los sesenta, los escasos supervivientes fueron interrogados nuevamente en sus prisiones del desierto, pero lo único que pudieron obtener los inquisidores de los excitados cautivos, que evocaban ahora los rasgos de peces y reptiles, fue una declaración triunfante y unánime: ¡Cthulhu estaba llamando!

  

La guerra contra el terror promovida en secreto y con la participación de todas las potencias no tendría igual hasta el milenio siguiente, tras el ataque a Nueva York y Washington.

  

Los hombres devolverían la llamada.

  

Los franceses fueron los primeros en atacar, pues la eficiente Direction des Centres d'Experimentation Nucleaires (DIRCEN) tenía dispuestos varios artefactos atómicos  bajo el nombre código de Aldebaran en islas cercanas a Mururoa. Las detonaciones produjeron la aniquilación de toda forma de vida en las aguas superficiales, producto del calor y la radiación intensos, y fueron un comienzo auspicioso de la campaña, aunque era un blanco secundario por el volumen de actividad y el asentamiento embrionario en la laguna del atolón.

 

Las fuerzas de la OTAN, lideradas por americanos e ingleses,  arrasaron Y'ha-nthlei, en la costa de Nueva Inglaterra frente a Newburyport, con una combinación de bombas de profundidad y torpedos que lanzaron desde barcos y submarinos formados en anillo. La maniobra, bautizada Aguas Libres, repitió el ataque de 1927 en una escala mucho mayor y se disimuló bajo la figura de maniobras conjuntas que incluyeron el cierre de las playas y los pesqueros donde, por semanas enteras, fragmentos putrefactos de los moradores de los abismos que no pudieron escapar a los explosivos fueron depositados por el oleaje. Los pescadores, que conocían sobradamente el Arrecife del Diablo que amparaba la ciudad, no interfirieron en la operación ni reclamaron compensación por las pérdidas económicas producidas por su inactividad obligada. No se consideró un triunfo completo, porque los radares detectaron en la ciudad y el arrecife una migración repentina y considerable en la madrugada previa a la ofensiva, tras ciertas señales luminosas provenientes de un hotel de la población costera vecina. Un almirante fue juzgado por una corte marcial y hallado culpable de alta traición en las horas siguientes, pero el caso no llegó a la prensa, como el resto de la conflagración, producto de una censura inédita, y el Senado se conformó con las explicaciones recibidas en una sesión secreta extraordinaria celebrada en una base naval.

 

Los soviéticos realizaron el tercer ataque, sobre R’lyeh, en lo que se consideraba la fase clave de la campaña, por tratarse de la ciudad principal y por ser la supuesta morada de la amenaza más anormal, cuya misma existencia era difícil de admitir. Una vez destruido, solamente sería leyenda. El operativo se llamó en ruso “Sopa de Pescado”, y consistía en la descarga de cinco artefactos termonucleares de máxima intensidad en forma de estrella de cinco puntas a cinco mil metros de profundidad. La necesidad  de velocidad en la aproximación impedía el simple y seguro expediente de dejarlas hundirse; esto implicaba disparar otros tantos impulsores espaciales adaptados desde sendos portaviones. Utilizaron los aún experimentales LS-12 Tritón, que eran los más poderosos que podían emplear, aunque difícilmente podrían recuperarlos. Los soviéticos ya no serían los primeros en llegar a la Luna. En medio de una densa niebla, los artefactos se hundieron al unísono en el Pacífico Sur y encendieron sus propulsores de cuatro etapas. Cuando las ojivas alcanzaron la profundidad preestablecida, estallaron con segundos de diferencia y generaron una burbuja de hidrógeno candente que hizo hervir el mar, colapsó y volvió a formarse por dos veces para emerger luego como una enorme nube de sodio, cloro, hidrógeno y oxígeno sobrecalentados. Los elementos vaporizados de la superficie oceánica formaron entonces una cúpula que se desplomó majestuosamente y formó varios anillos de olas. Tras ese fenómeno, los escapes de gas incandescente se elevaron cientos de metros, dispersando la niebla e iluminando la madrugada brevemente. Las marejadas profundas golpearon las costas a medida que fueron escalando los fondos marinos, algunos con una fuerza notable, pero en general no causaron mayores daños en el litoral. Las sondas y equipos de visión electrónica, desactivados durante la conflagración para evitar que el pulso electromagnético de los artefactos las inutilizara, mostraron la ciudad de pesadilla intacta pero yerma. La contaminación era pavorosa, pero la alternativa era dejar un planeta sin contaminar a una raza hostil a la humanidad. La vigilancia continuó durante algunas semanas, y cuando el optimismo del éxito se arraigaba entre los aliados, un submarino fue enviado a inspeccionar de cerca las ruinas y se perdió sin dejar rastros. Un último, ininteligible pedido de auxilio mencionaba algo parecido a “pulpos”, pero los radares que siguieron a la nave hasta que desapareció no detectaron nada anormal. Pronto las formas transinfinitas de la ciudad volvieron a fluctuar ente los universos y se la vio regenerarse como una estrella de mar y a sus habitantes volver a nadar entre los pilares de mármol oscuro.

 

 

Una sensación de desaliento se difundió lentamente por la Alianza contra el Terror. Aún quedaba por atacar la ciudad frente a la desembocadura del Plata, en Sudamérica, a  los 56.30 Longitud Oeste  y 36.00 Latitud Sur. Los gobiernos locales no tenían recursos humanos ni tecnológicos, ni el liderazgo necesario  para enfrentar esa amenaza y los norteamericanos se ocuparon, con algo de resignación. Seleccionaron como nave insignia al barco transporte de helicópteros William Calley, de última generación, considerado el arma más perfeccionada para la guerra aeronaval y submarina, y dos barcos nodriza que alojaban lanchones de desembarco. Las fuerzas aéreas de la Argentina, Uruguay y Brasil concentraron sus aeronaves más modernas en las bases cercanas, como apoyo y para que no  protestaran por las consecuencias negativas que tendría la operación en el ambiente. Fuerzas paramilitares entrenadas para la incipiente guerra contrarrevolucionaria estarían preparadas para controlar a los laosianos, a los que habían comenzado a infiltrar para descubrir más de una afinidad entre ellos y los Profundos, pero solamente intervendrían en caso de extrema necesidad.

 

La planificación del ataque a la población marina era muy complicada, pero la poca hondura del mar sobre el objetivo obligaba a dejar a un lado la ortodoxia. Se usarían contra los edificios sumergidos cargas de profundidad modernas pero convencionales lanzadas por los helicópteros que partirían del Calley, pero la esperanza de éxito estaba puesta en el lanzamiento de contenedores de sodio y potasio puros, junto a contenedores de oxígeno, que actuarían como bombas químicas, exterminando a los Profundos cuando quedaran sin la protección de sus refugios prehistóricos. Los recipientes eran demasiado pesados para lanzarlos desde las aeronaves disponibles apenas fueran destruidas las edificaciones, lo que era imprescindible para que el plan fuera efectivo, y era impensable arrojarlas desde un barco de cualquier porte, porque no se podría alejar a tiempo para evitar el contraataque letal de los Profundos; serían transportados en las barcazas, empujados al mar por los tripulantes y quedarían suspendidos mediante flotadores de hule en la superficie, justo sobre la ciudad condenada, formando un cuadrado con sus diagonales. Era de esperar que los habitantes oceánicos no detectaran la maniobra, acostumbrados como estaban al paso cercano de los barcos mercantes, a los que habitualmente dejaban en paz. Una vez replegadas las barcazas a una distancia segura, los helicópteros arrojarían las bombas de profundidad y misiles antisubmarinos en los triángulos delimitados por las diagonales del cuadrado y, cuando comenzaran las detonaciones contra los muros primordiales, destruirían los flotadores con municiones livianas, para que los contenedores se hundieran y estallaran al tocar el fondo del mar, y se retirarían para evitar ser alcanzados por la eventual represalia. Se consideró usar los torpedos de submarinos ubicados a una adecuada distancia, pero la experiencia había demostrado que ponían especialmente alertas a los seres de las profundidades, carecían de espacio para maniobrar en la plataforma poco profunda y, sobre todo, era muy improbable que se pudiera coordinar un ataque eficiente con los helicópteros.

 

Los lanchones partieron en la madrugada lluviosa, dieciséis en total, cargado cada uno con diez contenedores de dos toneladas. Comenzaron a inflar los flotadores y dejaron caer en el mar los primeros globos verdeazulados, con un círculo fosforescente hacia arriba y su carga explosiva sumergida a ras de la superficie. Los marineros no ignoraban el peligro de la tarea, y algunos eran veteranos que habían visto los resultados del ataque en el Atlántico Norte. Los oficiales intentaron levantarles el espíritu haciéndolos entonar las canciones tradicionales que se habían usado en los barcos desde los tiempos de la navegación a vela para llevar el ritmo de las maniobras náuticas. La radio del Calley, preparada de antemano para contribuir con este soporte moral, los animaba desde los parlantes de órdenes de cada barca, y pronto el canto de los hombres empapados pobló la madrugada. Cantaron “The Dreadnaught”, y empujaban las cargas al mar en los coros:

 

“...She's the Liverpool packet. Oh Lord, let her go!

Derry down, down, down derry down.”

 

La melancolía de la saloma se apoderó pronto de todos y algunas voces se quebraron y ya no se unieron al grupo. Luego cantaron “Boston Harbor”, y la estrofa final les pareció compuesta proféticamente para ellos y su anormal quehacer:

 

“Now one dear thought that us sailors crave

Is for him to find a watery grave.

We'll plunge him down into some dark hole

Where the sharks'll have his body and the Devil take his soul!”

 

“Bien, un pensamiento grato que los marineros acariciamos

es hallarle una tumba acuática:

lo arrojaremos en algún agujero oscuro

adonde los tiburones atrapen su cuerpo y el Diablo su alma”

  

Estaban ya sobre una horrible  tumba submarina y el Diablo estaba pronto a tomar en cambio sus almas si fallaban.

 

Las voces se reanimaban cantando “The Drunken Sailor”, más vigorosa y alegre, viendo cercano ya el fin de la tarea, cuando sucedió el desastre; una de las cargas se soltó inadvertidamente, y cuando el capitán vio en la oscuridad los flotadores desprendidos que sobresalían de la hilera doble, dio la alarma. Las embarcaciones navegaban hacia los extremos del cuadrado para evitar cruzarse en la noche, y ya terminaban su misión cuando el contenedor perdido se abrió al alcanzar el fondo y la carga de sodio reaccionó con el agua y el oxígeno. Se levantó una columna de vapor e hidróxido de sodio que se derramó sobre la nave más próxima, y se escuchó una fuerte explosión. La reacción descontrolada de ese único envase prosiguió en los largos minutos que aun restaron para completar el despliegue de los contenedores faltantes, y las lanchas cerraron con apuro las compuertas y huyeron hacia las naves nodrizas. Ya nadie cantaba. En ese momento se produjo el segundo error; el comandante dio a los helicópteros la orden improvisada de ataque para no perder totalmente el factor sorpresa, y dos de las aeronaves chocaron en la cubierta al tratar de despegar en el apuro y la confusión resultantes. Los restantes alcanzaron el lugar del misión cuando las lentas barcazas apenas se habían separado de él y dudaron en atacar, porque exponían a todos sus compañeros en retirada, hasta que recibieron la orden directa de hacerlo. Lanzaron los misiles y las cargas siguiendo el plan, ametrallaron los flotadores cuando se empezaron a escuchar las explosiones en las profundidades oscuras y volvieron a la nave mientras observaban los resplandores de la terrible reacción de los químicos metálicos en el mar, la humareda y el sisear de la soda cáustica que batallaba con el agua salada del Atlántico y hervía en la corriente dulce del Plata. Cuando pasaron sobre las barcas en huida advirtieron enseguida que algo estaba mal: innumerables formas oscuras llenaban las cubiertas, como horribles lombriceros donde no se veían marinos ni señales de auxilio. Ametrallaron con desesperación amarga las naves que cabeceaban al garete, usando las últimas municiones que les quedaban y se alejaron. Solo dos de las barcazas que iniciaron el ataque a la ciudad submarina volvieron a casa ese día, aunque no se perdió ningún helicóptero más.

 

 La campaña concluyó entonces con un resultado dudoso y ambiguo: los hombres no pudieron eliminar al enemigo, que seguiría siendo una amenaza latente con la que deberían compartir el planeta, y los Profundos fueron disminuidos, aunque no exterminados, sin poder responder al llamado de Cthulhu, que seguiría soñando en su casa de piedra de R’lyeh.

  

Los laosianos de Samborombón fueron considerados combatientes y miembros, como los híbridos de Nueva Inglaterra, de su misma raza y enemigos del hombre. Se habían hecho a la mar cuando vieron la humareda venenosa sobre la ciudad de sus aliados pero habían sido de poca ayuda en la contienda. Se decidió relegarlos a prisiones secretas, y el misterio que habían impuesto a sus movimientos facilitó la tarea de capturarlos y extraditarlos. Los lugareños, asombrados por la mortandad extraordinaria de peces y el aspecto malsano de las aguas de la bahía, protestaron ante los gobiernos provincial y nacional, en vano, como siempre. Afortunadamente, no había congreso que investigara, ya que hubiera sido difícil explicar el origen de muchas de las osamentas halladas en la playa o en las redes de calamar. Los americanos cooperaron con una última asistencia, en la forma de un manual de inteligencia para desacreditar a los investigadores y testigos, traducido a un español dudoso. De esas épocas, y como resultado de esas tareas de distracción datan en la zona las leyendas de alienígenas nórdicos y extraterrestres grises, tecnología nazi y submarinos con oro del Tercer Reich, huellas circulares con hongos y bases alemanas en Feuerlande (Tierra del Fuego) y la Antártida, y la imaginaria Orden de los Caballeros de Neptuno, que ufólogos y gentes de inteligencia amplifican hasta el delirio.

 

En cuanto a los laosianos, aún sobreviven algunos, que no sucumbieron a la nostalgia del cielo y el mar, en una prisión subterránea de Nebraska donde relevaron a los prisioneros de Nueva Inglaterra. Los pocos que consiguieron escapar se establecieron en el Once, un barrio de Buenos Aires de población multiétnica y raras historias. Se puede decir que cumplieron su papel y dotaron a la ciudad cosmopolita de su pequeño Barrio Chino. Uno de sus retoños, nacido algunos años después, se hizo célebre al incendiar varias mueblerías, movido por una inadaptabilidad patológica y hereditaria que al parecer no podía controlar. Pasaron muchos años hasta que la llegada de nuevos y más normales inmigrantes de Asia sacara a los porteños del error de creer que las reuniones, las linternas de papel con forma de pulpo y los cohetes del treinta de abril tenían por objeto festejar el año nuevo chino.

 

 

 

Este relato está registrado en Propiedad Intelectual, por favor si deseás publicarlo en tu blog o en algún sitio de Internet, indicá que el autor es Claudio Casco. Me gustaría que me avisaras al mail lqncac@gmail.com para contarle a mis amigos. Gracias

 

Multimedia:

Operación Sopa de Pescado: Explosiones nucleares submarinas

http://es.youtube.com/watch?v=thS0cimuqFY&NR=1

http://es.youtube.com/watch?v=QptDY5QdeXE&feature=related

 

Las canciones de la Batalla del Río de la Plata:

- Una versión conmovedora de “Boston Harbor”

http://es.youtube.com/watch?v=MRfuoX-mPWE

 

- “The Dreadnaught”, en la voz de un conjunto con líder.

http://es.youtube.com/watch?v=NMu79EJbdDE

 

- “The Drunken Sailor”, en una versión impresionante

http://es.youtube.com/watch?v=dSC0tbJF7rU

 

El efecto del sodio en el agua

http://es.youtube.com/watch?v=HY7mTCMvpEM

 

La Niebla sobre Villars.

 

La Niebla Sobre Villars

La pesca con caña en los arroyos de los alrededores de Buenos Aires es una iniciativa arriesgada y, en la mayor parte de las expediciones, inútil. Sin embargo, siempre tiene sus aficionados. Los dos pescadores llegaron en tren a Zamudio y allí tomaron el colectivo local, un Bedford maltratado de color indefinible, hasta Villars. El chofer les explicó que el boleto se pagaba al bajar, y así fue. El pueblo era pequeño y triangular, encerrado entre dos accesos en diagonal que comunicaban con la ruta 6, que en esos días era aún de tierra, y las manzanas ocupadas desde el vértice opuesto a la ruta hasta donde había llegado la necesidad de edificar. Las vías atravesaban el caserío en un anchísimo corredor cubierto de yuyos y señales oxidadas antes de bifurcarse. Unas cuadras más al norte había otro pequeño núcleo de casas, en un empalme ferroviario en que las vías volvían a dividirse. La estación era enorme, ya que en tiempos mejores, talleres y playas de maniobras cubrían la demanda de las formaciones que desde allí seguían por las diferentes vías hacia el interior, pasando por Rosario Norte y hasta Huaytiquina. Compraron galleta de campo y unas tortas negras enormes en la panadería y cruzaron en momentos el pueblo, dominado por una enorme chimenea de ladrillos. No vieron a ningún habitante, salvo el panadero lacónico y esquivo. Llegaron pronto por el camino de La Choza hasta el arroyo adonde probarían suerte, cruzado por un puente con pilares rematados por esferas de cemento. Una de ellas faltaba. Caminaron por la orilla despejada, probaron suerte cerca de los juncales y en los anchos que se sucedían. A ratos era visible la chimenea de la fábrica de leche. Al mediodía encontraron un círculo de altas paredes de tierra apisonada, como un fortín desmantelado, al que entraron por la abertura única que daba al sur. Entre el arroyo y la extraña construcción abandonada y coronada de arbustos había un jagüel construido sólidamente en piedra oscura, con una cadena aún en la roldana oxidada. Del otro lado, una zanja profunda de agua oscura llegaba hasta el río. La piedra que inevitablemente arrojaron tardó varios latidos en llegar al agua del fondo. Siguieron hasta unos álamos plateados, ya lejos del pueblo. Antes de almorzar cruzaron el monte hacia un rancho solitario donde pidieron agua. Mientras llenaban el bidón en la bomba, preguntaron al paisano cincuentón y colorado que vivía allí qué eran el pozo y el círculo, pero les contestó que no sabía. Apareció al rato por el arroyo, más sociable,  a preguntarles si tenían vino. Abrieron una botella que se estaba refrescando en el agua y también lo convidaron con pastillas chiquitas celestes. El hombre la emprendió pronto contra los conservadores, que habían  levantado el ferrocarril y habían condenado a una muerte lenta a tantos pueblos del interior. De joven había sido radical “de Yrigoyen”. Contó historias interesantes de gauchos malos y huelgas agrarias, aunque no los convenció de haberlos conocido o haber participado, hasta que sus diatribas volvieron a concentrarse en conservadores y patrones de estancia. Con la lengua liberada por el MDMA, fustigó especialmente a los hacendados irlandeses locales. Eso les divirtió, porque uno de ellos descendía de inmigrantes de las islas irlandesas de Aran. Inevitablemente, en su rencor se encarnizó con sus vecinos más afortunados: el pueblo había sido próspero por los trenes lecheros y la fábrica de quesos, pero los Wilson, les confió, no eran ricos solamente por la fábrica y los tambos que plagaban la zona: habían venido de lejos y habían traído con ellos a sus compatriotas, a quienes trataban como a siervos de la gleba a los que no permitían salir de las estancias, y algo más. Entendieron que esos Wilson eran los abominados estancieros locales. El viejo se calló un momento, en un vano esfuerzo por controlarse. Luego les contó que los aljibes de la hacienda principal eran muy profundos, y que algunos poceros habían muerto en accidentes extraños, con una pinza o un pico clavados en las cabezas, cuando terminaban su tarea. Durante la Gran Guerra había habido una oleada de desapariciones de vecinos, vascos casi todos,  y se los relacionó con los Wilson. Bajó la voz para develarles la creencia arraigada de que había monstruos en el fondo de los pozos y sacrificios humanos. Un maestro hizo notar la similitud con los cenotes Mayas, pero éstos eran pozos de cincuenta años de antigüedad, cavados por artesanos de la zona, si bien las piedras de los brocales habían sido traídas en barcos y carretas desde muy lejos. Quedaba aparte el hecho que eran del todo innecesarios en una tierra llena de aguadas y arroyos. A partir de allí se supo poco de lo que pasaba en la estancia; los inmigrantes pelirrojos llegaban en grupos custodiados y no salían ya de la estancia, retenidos por contratos onerosos y el temor al natural. En la primera conscripción de 1901, los funcionarios militares no pudieron censar a los peones y debieron conformarse con una lista de nombres que les remitió el capataz con un convincente agregado; se los eximió del servicio por “condiciones de tiro”. Los Wilson compraron entonces varios campos vecinos, contrataron maestros para la escuela, trajeron a un cura de Ceide Fields, Irlanda, como el prelado gustaba puntualizar; eligieron a los jefes de correos y de la estación, designaron comisario y juez de paz: el pueblo pronto fue suyo y toda oposición fue acallada. Un último conato de rebeldía fue agitado durante las elecciones de 1916, pero Buenos Aires estaba lejos y los radicales, llegados al gobierno tras largos años de pugna, tenían preocupaciones más urgentes: los pocos criollos de boina blanca y mal armados que reclamaron contra la tiranía feudal y el fraude frente a la comisaría fueron baleados, exiliados o desaparecieron, y sus familias dejaron pronto la zona para establecerse en Marcos Paz. Villars sería conservador. Los restantes vecinos permanecieron atemorizados o catequizados por la repentina opulencia de casas de material y cine semanal en el club ferroviario. Se convirtió pronto en el pueblo más próspero y refinado de la zona, pero los únicos trabajadores bienvenidos fueron los constructores, que eran apurados para terminar pronto las casonas de altos frentes amarillos. El dinero circulaba en abundancia, sin origen aparente, en un país castigado por la crisis y las huelgas. A pesar de la bonanza, el alumbrado público, implementado ya en pueblos menos prósperos, no se conocía en Villars. En las noches oscuras llegaban  sulquis y carromatos con extrañas cargas y pasajeros hasta las casas grandes y las humildes. En el club no había bailes ni romerías y los caminos de acceso, bordeados de eucaliptos frondosos, no eran mantenidos, por lo que en la estación de lluvia, que parecía allí más prolongada, permanecían intransitables por semanas. También se habían prohibido cuadreras y riña de gallos. Los hombres venidos del mar habían convertido al pueblo en una isla. También el alcohol circulaba en abundancia.

 

 

 

 

 

El día de Reyes de mil novecientos treinta y pico, una lluvia extraordinaria elevó el caudal del Durazno Grande a un nivel nunca registrado; aún hoy se conserva un puente, a la vista de la autopista de La Plata y a más de tres metros del nivel normal del arroyo, que fue inutilizado por esa misma crecida. Entre las aguas turbulentas nadaron peces muy extraños, y las osamentas que arrastró la corriente no eran todas de vaca. Coincidentemente, los Wilson fueron procesados por contrabando de oro y complicados en un resonante caso de trata de blancas. Fue el final de la abundancia; pronto los tambos se abandonaron uno a uno y el dinero dejó de alimentar altos sueldos para los funcionarios y donaciones generosas para las instituciones cívicas.

 

Al final de la guerra, del esplendor del pasado quedaba poco: los Wilson originarios murieron y los hijos se recluyeron en su estancia y dirigieron la fábrica y los tambos salvados mediante administradores que los descuidaron hasta que la clausura del ferrocarril y las crisis económicas los obligaron a cerrarlos. Aún eran respetados en el pueblo, como dueños del almacén donde se concentraban el menguado comercio y los servicios elementales, pero Villars ya era solo un cascarón de casas vacías que los jóvenes y los emprendedores de una nueva generación habían abandonado en busca de una vida mejor. El pueblo había producido también, quizá como antídoto contra el mal y la decadencia, algunos hombres notables. El anciano recordaba a los viejos irlandeses recorriendo los campos en un Ford A con cortinas en las ventanillas traseras que se cerraban presurosamente cuando se acercaba un extraño. Él mismo, puntualizó, era hijo de escoceses que habían pasado su vida ordeñando vacas, y recordaba bien la conmoción que habían causado las pesquisas de la policía cuando desaparecieron tres cazadores, hijos de familias acomodadas de Buenos Aires, que se habían perdido en los campos cubiertos de niebla un primero de mayo y nunca más aparecieron. El auto fue encontrado en el fondo del Durazno; en la orilla había huellas que no eran botas ni pezuñas de vaca, pero no hallaron las armas ni los cuerpos, aunque sondearon con anclas los pozos sin dar con el fondo a más de cincuenta metros de profundidad. De a poco la búsqueda cesó y el pueblo volvió a la inacción.  El viejo bajaba constantemente al arroyo a orinar, seguramente por el efecto combinado y poco conveniente del empatógeno con el alcohol. En una de esas vueltas le volvieron a preguntar por el fortín de tierra apisonada, y el hombre les puntualizó que allí se celebraban misas en la lengua de los extranjeros desde que trajeron su propio cura, y siempre de noche. Posiblemente se tratara de una costumbre irlandesa, una Misa de las Ánimas. De chico había ido a espiar, pero lo asustaron los ruidos por el lado del arroyo, como si las vacas se estuvieran bañando. Había niebla que salía del jagüel, porque hacía frío. Un primo suyo contaba que había visto salir gente del pozo de agua, una noche de mucha lluvia en que se había disparado el caballo nochero y salieron a campearlo.

 

 

 

 

 

El paisano colorado volvió a su casa a dormir la siesta y los dos se quedaron charlando y pescando hasta que se nubló repentinamente. Habían capturado unas pocas tarariras pequeñas y cilíndricas y las habían devuelto al agua, porque estaban extrañamente agusanadas en el vientre y las branquias. Sin embargo, el movimiento intenso del agua había sido prometedor. Se entretuvieron persiguiendo y matando a un enorme lagarto overo que se escondió bajo unas raíces, y que metieron ensangrentado en la bolsa de los pescados. Antes del crepúsculo el cielo se oscureció completamente y se descargó de improviso una lluvia helada que los empapó en minutos. No aclaró ni sopló viento, como suele suceder tras las tormentas de verano, aunque ya no llovía. Habían previsto pescar hasta el día siguiente, pero estaban mojados e incómodos, y las historias del viejo parecían más ominosas luego de la caída del sol. Emprendieron el regreso al pueblo. Pronto era de noche, y encontraron a tientas el puente de cemento con la esfera faltante. Se estaba levantando niebla. Llegaron al almacén entre las calles oscuras y averiguaron que el colectivo no circulaba cuando había llovido, no había dónde quedarse y el último tren al centro pasaría por Zamudio, a una hora larga de a pié, dentro de treinta minutos. Decidieron comer algo y dormir en la estación, pero en el boliche no había ni siquiera sándwiches. Tomaron un café y una ginebra mientras Di Fulvio cantaba “Viejo Paraná” en la radio, y cruzaron la calle embarrada bajo una llovizna persistente. En el andén abandonado había dos muchachos fumando marihuana y tomando cerveza. Tenían rostros raros, como hocicos, y las manos palmeadas hasta la primera falange, a la luz del farol de la calle. Los vidrios de la sala de espera estaban rotos y dejaban pasar el frío, pero igual acomodaron sus mochilas adentro. Compraron a los lugareños dos cigarrillos y a poco conversaban animadamente. Les mostraron el lagarto muerto, pero la reacción distante y hostil los desanimó. Imprudentemente, comentaron sus curioseos y sus averiguaciones con el puestero. Los villarenses se miraron y buscaron una excusa para irse. Lamentaron haberlos ofendido, pero no parecía para tanto. Se tendieron a dormir en los bancos de madera apolillada, aunque decidieron  por precaución pasar por una puerta trampa a la boletería anexa. Durmieron inquietos hasta que los despertó una conversación amortiguada que venía de la calle. Una voz ordenaba que apagaran las luces, y todo el pueblo quedó sumido en sombras. Había salido una luna casi llena y vieron por los vidrios rotos que había una turba importante montando guardia silenciosa en el andén. Destrabaron la puerta que daba al playón, en la parte opuesta y, cuando los conjurados irrumpieron en la sala de espera, huyeron por la calle principal, dejando atrás mochilas y cañas. Instintivamente se pegaron a las casas en sombras, mientras la persecución inexplicable se extendía. Varias camionetas venían tras ellos, pero las calles cenagosas les dificultaban el avance. Salieron al valle del arroyo y se asustaron al verlo lleno de niebla, que era más densa del lado del círculo de tierra y el puente. Doblaron entonces a la derecha, recruzaron el triángulo de casas, que a esa altura ya se ensanchaba, y atravesaron a saltos la calle ancha hacia la vía. No habían visto caballos en todo el día y ningún jinete los perseguía, lo que unido a la ausencia de perros les facilitaba la huida. Su mayor contrariedad por entonces era no saber de qué huían, ni por que los perseguían. Pasaron por debajo de la sombra ominosa de la chimenea desproporcionada y dejaron atrás los cambios y las señales de la playa de maniobras. La creciente niebla ya velaba la luna, y quienquiera que la hubiera convocado estaba en verdad ayudándolos a huir. Salieron del pueblo, cruzaron la ruta de tierra y se metieron en un túnel de acacias negros y espinillos que flanqueaban el ferrocarril abandonado. Pronto llegaron a un punto en que la vía era cortada por un camino de tierra afirmada que conducía a Marcos Paz. Cuando estaban por pasar el guardaganado, escucharon el ruido de varios motores. Eran las camionetas, que se acercaban rápidamente por el camino seco, ya que en esta zona apenas habían caído unas gotas. Se escondieron en la cuneta tras unas matas de cortadera. Las cajas de las camionetas estaban repletas de gente que los buscaba. Cuando pasaron frente a ellos vieron, a la luz de un sol de noche que los perseguidores llevaban levantado, que algunos apenas conservaban mechones de pelo colorado en las calvas llenas de protuberancias, y que la mayoría tenía horribles gibas. Detrás venía el colectivo supuestamente reservado para los días secos, rezongando en la noche. Los vehículos hicieron alto a unas pocas cuadras de distancia, junto al arroyo que marcaba el límite de Villars y regresaron despacio, dándoles un tiempo precioso para cruzar el camino por el túnel de la alcantarilla enorme, donde permanecieron escondidos entre el barro. Los perseguidores se detuvieron en el cruce, donde un grupo bajó de los vehículos y los buscó en las vías por donde habían venido de Villars, entre la vegetación espesa y espinosa. Los demás aceleraron rumbo a Zamudio, distante a una legua. Viendo desorientados a sus cazadores, los forasteros decidieron seguir bajo la protección del terraplén cubierto de arbustos, ya que la vía era el camino más directo para buscar seguridad y ayuda en Marcos Paz, pero a los pocos metros las zarzas la hacían intransitable y debieron bajar al camino. No les agradó estar nuevamente al descampado, pero los perseguidores no se habían atrevido a ir más lejos del puente, y se esperanzaron con que una vez cruzado el arroyo del Martillo estarían a salvo. De todas maneras, tanto los apiñados en los vehículos como los que habían bajado a revisar las vías se alejaban ahora en el sentido opuesto. Cuando se disponían a cruzar la cañada, vieron que algo iba mal. En lugar del puente de Fierro bordeado de rieles, famoso porque Moreira había matado allí a un panadero, había uno de cemento con pilares rematados por esferas. Y faltaba una. Cruzaron una corriente mucho más caudalosa que el Martillo tal como lo recordaban de otra excursión, aunque podía ser efecto de la lluvia reciente. O del miedo. Siguieron de todos modos adelante hasta que pronto encontraron un pueblo a oscuras, dominado por una altísima chimenea, de donde ahora salía una niebla espesa que borroneaba los contornos de los habitantes, que se habían reunido a esperarlos alrededor de sus camionetas.

 

 

 

Este relato está registrado en Propiedad Intelectual, por favor si deseás publicarlo en tu blog o en algún sitio de Internet, indicá que el autor es Claudio Casco. Me gustaría que me avisaras al mail lqncac@gmail.com para contarle a mis amigos. Gracias

 

Multimedia

Un Testimonio y un Amor compartido

http://es.youtube.com/watch?v=dwRYWduACUE&NR=1

http://es.youtube.com/watch?v=1RgU543jQc4&feature=related

 

Los que Nos Comimos a Cthulhu.

Los que nos comimos a Cthulhu

Cuando los marineros de Gaboto hicieron subir a la nave al insólito salvaje que habían hallado en un poblado indígena, fueron apenas conscientes de la trascendencia de su acción caritativa. Francisco del Puerto, pues de él se trataba, no era indio ni salvaje, sino español de nación y sevillano de nacimiento, aunque en su ciudad natal era un chico de la calle que vivía de la caridad, andrajoso y semidesnudo. Se enroló como grumete del la expedición de Solís, surcó el mar infinito y llegó en 1516 al Mar Dulce, donde los indios traicioneros atacaron y asesinaron al Gran Piloto, lo devoraron y  a él lo tomaron prisionero. Nuevamente entre cristianos, retomó lentamente el domino del español, que había abandonado diez años antes, cuando lo había usado por última vez para pedir a los indios clemencia para don Juan, y había rezado entonces por última vez al dios de los europeos. La rutina de la navegación y las costas del Paraná pasaron lentamente, mientras el malcontento joven volvía a la caridad humillante de vestir ropa usada que otros le regalaban y a la opresión de las castas sociales y el escudriño de la conciencia. Como a todo cautivo rescatado, se le habían impuesto penitencias menores por el abandono, aunque forzado, de su fe católica, y el sacerdote que acompañaba la expedición lo exhortaba a reverdecer su fe con piadosas razones y persuasivos ejercicios espirituales. El contacto con indios del interior fluvial alivió sus incomodidades: la expedición lo necesitaba como lenguaraz, y se sustrajo de la confesión permanente para volver a internarse en selvas y esteros, donde asistía a los adelantados y pilotos mayores en sus tratos con los indios. En un aparte de esas exploraciones comerciales contó a sus ocasionales compañeros el fin de Solís,  que ellos conocían por los relatos de los marineros que presenciaron desde las naves el momento en que los indios lo despedazaban en la costa junto a sus marineros y oficiales. Cuando se preparaba para morir él también, los aborígenes lo integraron a la tribu, ya que era tabú para ellos matar a un niño. Les narró el festín de carne humana que había seguido, y que había visto repetirse ocasionalmente en las incursiones a los poblados enemigos. Creció como un indio más y aprendió el guaraní, que su tribu adoptiva había adquirido como lengua en reemplazo de la propia, aunque eran predecesores en las márgenes del Mar Dulce de ese pueblo dominador de selvas y llanuras sudamericanas. También de ellos habían adoptado el canibalismo, que los guaraníes practicaban en un entorno sagrado, para absorber el espíritu y las virtudes del enemigo sacrificado. De Solís guardaba algunos botones de cobre de su atavío, ya que armas, yelmo y escudo habían sido arrojadas con repugnancia al río, y un vago recuerdo de arrogancia.

 Pasados algunos meses del regreso a la vida civilizada y al comercio con las tribus ribereñas, pidió a sus nuevos amos una mejor recompensa por la tarea de intérprete que tantos beneficios había dado a los caballeros castellanos, pero éstos lo trataban con desdén, como a un siervo insolente. La comida abundaba y los salvajes eran amistosos, por lo que la expedición se demoraba en los improvisados puertos del río inmenso. En esas largas holganzas Paquillo maduró sus planes de libertad y venganza: sería en una isla del Mar de Solís, cuando volvieran a bajar el río, y con ayuda de su tribu. Cuando los confiados españoles dormían en la playa, luego de un festín de chancho salvaje y sábalos, los naturales atacaron el campamento en gran número y los redujeron de inmediato. Se internaron por la selva con ciertos prisioneros para evitar las armas de fuego que podían utilizar los marineros de las carabelas, ancladas en medio de la corriente como precaución, y la tribu inmoló ceremonialmente a los señores más altaneros y orgullosos, quienes lloraban mientras pedían clemencia al antiguo mendigo de Sevilla. Solamente sobrevivió el cura, porque Francisco quería hacerle una última confesión antes de abandonar definitivamente su fe. Lo llevó a un promontorio donde el Plata se veía majestuoso, eterno como un cielo hecho de tierra, y le contó las razones de su deserción mientras vestía las ropas bordadas de hilos de plata de los nobles muertos y se cubría con sus sombreros de plumas. Dejaba la cristiandad para unirse a un pueblo poderoso que había vencido y vencería a los españoles, en el que él sería un guerrero y no un sirviente. Los brujos que bebían un cocido amargo y profetizaban habían visto a la nación indígena expulsar, luego de siglos de hostilidad, a los europeos de sus tierras: se irían con sus barcos y sus metales, y las iglesias de piedra y las mansiones señoriales serían de los indios que habían sudado para construirlas. Las multitudes que habitarían las calles laberínticas de ciudades aún no fundadas, y que ninguno podía imaginar aún, tendrían los pómulos altos y la piel cobriza. Ellos serían los poderosos y los amos. Ni siquiera los Antiguos que vivían en palacios de piedra bajo el agua del río inmenso y primordial podrían disputar su dominio. Estos seres habían matado a muchos indios en el principio de los tiempos, cuando llegaron de las estrellas, pero ahora se ocultaban y eran los indios quienes los mataban y los devoraban. Eran inteligentes y podían hablar, pero solamente se les entendía que repetían “Cthulhu” y otras palabras incomprensibles mientras los ultimaban a palazos. Le explicó, mientras lo hacía atar a las ramas un árbol podado en forma de Y, que el modo de cazarlos era atraerlos con un cebo y atraparlos cuando se aletargaban luego de comerlo. Mientras se alejaba meneando con gracia las plumas señoriales, le hizo observar entre los restos de una fogata extinguida varias semanas antes que había en el calvero junto al tronco, los desperdicios de un  banquete caníbal: un largo esqueleto reptílico y el lomo escamoso, de un verde parduzco, de la presa devorada. En todo lo demás, se distinguía claramente a un hombre. “Somos los más fuertes, padre”, le dijo antes de  internarse en la selva próxima, “somos los que nos comimos a Cthulhu”.

 

                 El Exorcista

     “Hombres, mujeres y niños fueron alcanzados en sus casas, en sus negocios, en los caminos, y yacieron tendidos como muertos. Tuvieron hermosas visiones, y se levantaron convertidos, dando gloria a Dios. Cuando contaron lo que habían visto, sus rostros brillaban como los de los ángeles.

 

El temor de Dios cayó sobre la ciudad. La policía dijo que nunca habían presenciado semejante cambio: no tenían tarea para hacer. Declararon que ya no practicaban ningún arresto, que el poder de Dios parecía preservar la ciudad. Un espíritu de amor descansaba sobre toda la ciudad. No había peleas, ni insultos en las calles. La gente se movía con delicadeza, y allí parecía haber un espíritu de bondad entre todas las clases, como si sintieran que estaban en presencia de Dios.

 

Un comerciante cayó en un trance en su casa y yació durante varias horas. Cientos entraron a verlo. Tuvo una visión, y un mensaje para la Iglesia. El Señor le mostró la condición de muchos de sus miembros. Contó parte de esta visión, pero se rehusó a comunicar el mensaje a la Iglesia. Quedó mudo. No pudo pronunciar una palabra más, porque se negaba a decir lo que Dios le había ordenado.

 

El Señor le mostró que no volvería a hablar hasta que dijera el mensaje. Se levantó, llorando, para contar su visión. Dios aflojó su lengua. Los que estaban presentes sabían que había estado mudo, y cuando comenzó a hablar y contar su experiencia, tuvo un efecto extraordinario entre la iglesia y los pecadores

 

Una noche hubo una fiesta a diecisiete millas de la ciudad. Algunas de las jovencitas quisieron divertirse imitando y actuando como si cayeran en éxtasis. El Señor alcanzó a algunas de ellas, derribándolas. Yacían como si las hubiera golpeado una bala. Su burla se transformó  pronto en una reunión de oración y se escucharon gritos de misericordia.”

 

El pastor terminó de leer y pidió a la congregación una oración de sanación por los enfermos de cuerpo y de alma, y por los afligidos por causa del demonio:

 

“El Señor ha dado a sus discípulos el poder de expulsar a los espíritus y de hacer milagros. Todo lo podemos en el Señor. Aléjate de este pueblo, Satán, porque es el rebaño del Señor y el Señor te lo manda”.

 

    Los fieles rezaron, cantaron y se retiraron a la caída del sol. Dos nenas fueron a ver al pastor a la oficina del fondo. Era nuevo en el barrio, enviado por las Asambleas de Dios pentecostales a reemplazar por unos días al anterior, que había partido sorpresivamente en la semana. Le rogaron que fuera a ver a la abuela que vivía en el fondo de la casa, porque se había vuelto loca y mala y solamente gritaba malas palabras. Llegaron a una casita cerca del arroyo de la parada Carlitos, donde la madre de las chicas le explicó que se trataba de una vecina católica “muy devota del gauchito Gil”, que había empezado a ir a la Iglesia Universal en la estación de Merlo y había conocido allí a unos paraguayos que venían a la casa y le habían matado todas las gallinas “haciendo brujerías” para curarle un tumor malo. La madre de las nenas era boliviana.

Cruzaron el descampado hasta una casilla de chapas de cartón que apenas se distinguía en la noche. Estaba a oscuras, y cuando las vecinas pidieron permiso para entrar, una voz cansada les gritó que se fueran y la dejaran sola con el pastor.

Al entrar vio a una mujer gorda envuelta en una cobija gris arratonada y sentada en una silla de plástico verde igual a las del templo.

- ¿Qué podemos hacer por ti, hermana?

- Nella critta della chiesa di San Clemente, in Roma, possiamo leggere le parole più antiche che rimangono scritte in italiano. Negli affreschi, dei soldati romani prendono una colonna, credendo che sia il Papa, e dicono: “Fili de le pute traite” e “Fallite dereto colo palo, Carvoncele”

El pastor no comprendió más que los nombres de los lugares, y una expresión harto familiar. Solamente entendía un poco de inglés. La mujer tamborileó con sus manos sobre los muslos y cantó con voz de hombre:

“Please allow me to introduce myself, I’m a man of taste and wealth”

Esta vez sí entendió, y creyó reconocer que la voz imitaba a Axl Rose.

-¿Se siente mal? Preguntó, no encontrando nada mejor.

La anciana declamó:

 “Ich weiss nicht was soll es bedeutet, das ich so traurig bin”

Luego se dignó a traducir, hablando por fin en español:

”No sé lo que puede significar, que estoy tan triste”

- ¡Quién eres?

- Yo

- ¿Quién es “Yo”?

- “Timbó Guazú”, pronunció con voz infantil, saboreando la grosería.

- Dígame su nombre, insistió. Tampoco entendía el guaraní, pero creyó comprender que lo insultaban.

No llegaron a nada más esa tarde, porque se quedó dormida de repente. Le contaron que la vieja salía solamente de noche, que no se sabía qué comía, aunque sospechaban que a los gatos que faltaban en el barrio, que unos vecinos que iban a trabajar de madrugada la habían visto caminar para atrás y enterrar algo junto a la vía.

De vuelta en su casa, leyó los criterios de C. Peter Wagner para expulsar los demonios de las poblaciones cristianas. Los fieles debían proveer cobertura aérea con sus oraciones constantes, mientras los discípulos barrían con los espíritus impuros calle por calle. No consiguió que el prudente obispo ordenara una campaña en toda regla: que una mujer hablara palabras que el pastor no comprendía no quería decir que estuviera endemoniada; podía ser una profesora de italiano trastornada, con un talento para las imitaciones. El resto eran cuentos de barrio.

Sí accedió a acompañarlo. Llegaron a mediodía y la casa estaba cerrada. Fueron al templo, presidieron la reunión, rezaron y ayunaron. Se quedaron en silencio un largo rato, contemplando en la oficina la fotografía de una mujer con sombrero, de principios del siglo XX, que enseñaba un libro abierto con una mano mientras alzaba la otra, predicando. Era la evangelista americana Mary Woodworth-Etter, inspiración de sus ministerios. Volvieron a pasar por la casilla cuando iban a  tomar el colectivo en la ruta. Adentro brillaba una luz rojiza, que se apagó cuando se acercaron. La anciana saludó al obispo y el pastor por sus nombres y sin preámbulos les recordó los hechos más miserables y las culpas más recónditas de sus vidas, y les hizo tomar nota de los veinte primeros números que saldrían en cada una de las cinco quinielas del día.

Luego los despidió mientras recitaba el Génesis en hebreo.

El obispo admitió el carácter demoníaco del hecho, lo que en su sistema de creencias era Admisible y verosímil, y hasta natural, pero ya no se ofreció a volver. Las revelaciones del ente le pesarían por siempre en el alma.

 

El pastor regresó, sin embargo, para aliviar a una criatura de Dios que sufría y demostrar el poder del Espíritu Santo sobre el mal.

La anciana lo saludó con una sonrisa malévola. Se había pintado los ojos y los labios. Era repugnante.

- Espero que hayan sacado algo a la quiniela, aunque creo que jugar también es pecado.

Tengo más profecías: una plaga azotará este lugar y millones morirán, con los rostros del color del vino. Esta nación se dividirá luego en tres partes, y la más rica será sojuzgada por una potencia extranjera, que alzará una bandera diferente en los mástiles. Los automóviles volverán a ser reemplazados por carretas. El hermano se alzará contra el hermano. Las costas del mar…

-¡Jesucristo te ordena que salgas de esta mujer! Interrumpió el pastor, temeroso de oír lo que seguía.

- Jesucristo es el Logos – salmodió el ente – Quien está lejos de Él está lejos del Reino, quien está cerca de Él está cerca del fuego. Donde no está el Logos, no hay palabras, solo llanto y rechinar de dientes. Eso se llama Infierno. Yo no conozco el Reino, ni conozco el Infierno. Soy la tercera cara de la moneda, y todas las que siguen. Soy la séptima cara del cubo, y todas las que siguen.  No existía antes ni después, porque no existo. No fui creado ni soy el creador; vine a recoger lo que otros sembraron. Soy El Que No Debe Ser Nombrado, el Magnum Innominandum, pero los hombres me desobedecen dándome el nombre de Nyarlathotep.

- ¿Dónde está esta pobre cristiana?

- Está pasando una temporada en casa de un primo mío, en el mar.  Ya le paso con ella.

Repentinamente la mujer empezó a gritar y no se tranquilizó hasta que una vecina enfermera le inyectó un calmante. Todo lo que el pastor pudo sacar en claro fue que había estado durante días y años y siglos muriendo una y otra vez de cáncer, y que cada vez había sufrido durante meses, y que cada vez había sido diferente, y que en una oportunidad los perros de los vecinos habían devorado el cadáver y ella había sentido las mordidas. Llorando, dijo que se arrepentía de haber llamado al diablo. El pastor estaba aterrado y mudo. De repente, la posesa recobró la compostura y sonrió con malicia.

- Es como para hacerle perder la fe a cualquiera. Usted no se desanime, ni crea todo lo que le dicen. Esta mujer es desagradecida y rencorosa.

- ¡Vete Satanás!

- No soy Satanás, ni un diablo, ni el demonio. Esas entelequias valoran las almas miserables  de ustedes los hombres, y su mayor deleite parece ser conquistarlas. Una vez que entran, nunca los abandonan voluntariamente. Nosotros estamos de visita en este universo, y ustedes nos interesan… de a ratos. Además, a mí me invocaron, pero esta infeliz me desagrada. He estado en lugares mejores. Usted es diferente. Le propongo que trabajemos juntos. Podemos hacer algo mejor que predicar en estos rancheríos ¿Le gustaría hacer las asambleas en un cine de Capital, como obispo general? ¿Viajar por todo el mundo curando y enseñando? ¿Ser el Apóstol de este siglo? Tengo poder para todo eso. ¡Una explosión de Sanidad!

- Sólo el Espíritu Santo y sus Apóstoles pueden sanar.

- Ya verá que no. Acepte mi ayuda. Seré su colega. Su sirviente, si quiere. Podemos convertir a toda la humanidad, reconstruir la Jerusalén Eterna, terminar con el mal en la Tierra. Fundar el Reino de Dios en la Tierra.

- Está blasfemando

- Piénselo. Voy a estar afuera. Debo seguir mi apostolado en otra parte. Cuídeme el rancho hasta que vuelva, dijo la mujer, señalándose el pecho con un pulgar, y se desmayó.

La llevaron al hospital Héroes de Malvinas, donde los estudios resultaron normales, fuera del crecimiento del tumor. Estuvo inconsciente hasta la noche del sábado, en que despertó y pidió que apagaran la luz. Al día siguiente, todos los enfermos del hospital amanecieron sanados, y a media tarde el hospital estaba vacío. No había habido siquiera accidentados en la guardia. La anciana resistió el traslado hasta el crepúsculo de ese domingo.

El lunes fue feriado y el pastor fue a verla. La casilla estaba helada, porque la endemoniada había apagado la estufa. Estaba sola, en batón y olía a alcohol.

- ¿Reconsideró mi oferta?

- “Resistid al demonio y él huirá de vosotros“,  contestó el religioso

- Ya le dije que no soy el demonio. ¿Supo lo del hospital?

- Vete, criatura del Mal

- Présteme su manto y haremos más milagros, pero ahora juntos. Superará en gracia y poder del espíritu a todos los apóstoles. Le daré poder para multiplicar los panes y resucitar a los muertos, caminará sobre las aguas y tendrá poder sobre las tempestades.

- Nadie tiene poder sobre el cielo, salvo Dios.

- Yo soy Dios. Busquemos algo raro para este lugar, para convencerlo… ¿Le parece bien nieve? Esta tarde los campos de Mariano Acosta estarán cubiertos por un manto blanco. Le comento que hace noventa años que no nieva por aquí.

El pastor no le contestó. Evitaba a toda costa mirar las pupilas barrosas de esa bruja que cada vez le inspiraba menos compasión.

- Me desplazo mejor aún por el tiempo que por el espacio; ¿le gustaría estar en la iglesia Metodista de Hartford City el 1º de enero de 1885? Mary Woodworth-Etter hizo una reunión donde bautizó con el Espíritu Santo a cientos – Declamó con voz de mujer: “Las escrituras se cumplieron. Los malvados huyeron cuando nadie los perseguía”

- Blasfema

- Le gustaría conocer a Maria Woodworth cuando empezó su ministerio? ¿O a Calvino? ¿O por qué no caminar por Jerusalén con Jesús de Galilea y sus apóstoles?

- Váyase.

- Écheme

- Se lo ordeno en nombre de Jesucristo.

- Me quedo en nombre de Nyarlathotep

- ¡Vete, en nombre de Jesucristo!

- Si vuelve a gritar, voy al templo y les cuento a todos lo que le pasó con esa chica en Ramos Mejía.

- ¡Vete, en nombre de Jesucristo!

- Ya me cansa. Estoy incómodo acá. Me mudo. Adivine adónde.

- ¡Volverás al infierno!

- Voy a participar de pleno en la batalla espiritual, la guerra de los santos, la misión…

- Reclamo que dejes a esta mujer, en nombre del poder de la Sangre de Cristo

- De acuerdo, de acuerdo…

Se levantó de improviso,  le tomó la cara con firmeza y le ordenó mirarlo a los ojos. El hombre de Dios comprimió los párpados con fuerza, pero siguió viendo esas pupilas oscuras donde creyó  que hallaría el infierno y solamente halló el miedo y el hastío de siglos interminables de maldad.

- Repita: “Nyarlathotep, Magnum Innominandum, te invoco...”

- “Nyarlathotep, Magnum Innominandum, te invoco...”

Esa tarde nevó copiosamente, y la congregación interrumpió la asamblea para mirar por los ventanales los baldíos blancos y los copos lentos. El pastor, con expresión satisfecha, meditaba planes ambiciosos desde un rincón en sombras del templo.

 

Señor de la Peste.

Señor de la Peste

 Dos décadas y media después de su aparición, el sida había producido veinticinco millones de muertes en todo el mundo; a la gripe española desatada en 1918 solamente le tomó veinticinco semanas producir la misma mortandad.

Una extraña virulencia acompañada de síntomas inusuales produjo una matanza inédita en el mundo moderno, especialmente entre adultos jóvenes y saludables. Uno de cada cinco humanos sufrió la enfermedad, el cinco por ciento de la población de la Tierra, tanto en las naciones castigadas por la guerra como en pueblos pacíficos, murió a causa de ella.

 Desde febrero de 2004, cuando aparecieron algunos casos aislados de gripe aviar en humanos en el sudeste de Asia, los científicos sabían que fatalmente una pandemia de gripe mortal afligiría nuevamente al hombre. Solamente quedaba por averiguar el lugar y el momento. El virus de la influenza había mutado de modo imaginativo durante casi un siglo, ensayando su fuerza en millones de patos y pollos a los que contagiaba incesantemente, y ya estaba preparado para migrar de las aves a los hombres. Se hicieron extensas matanzas de aves contaminadas o sospechadas de estarlo en Vietnam, vacunaciones y aislamientos heroicos en la Costa de Oro de China, prevenciones migratorias en todo el mundo, investigaciones para desarrollar una vacuna eficiente. El mundo entero se puso en alerta para evitar la plaga que podía devastar nuevamente a la humanidad. Todo se previó, pero nadie pudo prever dos factores. El primero era prosaico, terrestre: en una pequeña nación de Sudamérica, la incompetencia y la negligencia permitieron que convivieran estrechamente una gran población humana y una cantidad enorme de aves de corral, sin un control ni siquiera primario de las cepas del virus en evolución; las condiciones sanitarias precarias montaban una terrible bomba biológica, aunque no era el único sitio donde esto sucedía.

El otro factor, que solo podemos vislumbrar, es ominoso.

 El hombre miró los campos de trigo que ondulaban a ambos lados de la calle de tierra, como un mar que hubiera sido dividido nuevamente por el viento milagroso de antaño. Los individuos cobrizos que rodeaban su automóvil lujoso habían venido, como él, desde lejos, traídos años antes a este rincón de criaderos y quintas por el incentivo de una vida menos dura. Quizá, también, cumpliendo un destino que, como nosotros, no entendían.

Bajo su indicación, sacaron del baúl del vehículo lívido dos cajas de telgopor refrigeradas que introdujeron en un galpón donde se amontonaban cientos de jaulas de alambre. Pronunciaron junto al extranjero oscuro una plegaria que sus padres habían entonado en lugares apartados del altiplano y en ciudades de piedra de la selva, cuando en América aún no se había domesticado la papa y el maíz. Luego inocularon a los cientos de pájaros negros que habían capturado a lo largo  varios meses en los montes de la zona, dirigidos por un médico de la ciudad cercana y equipados con jeringas neumáticas de última generación en que habían consumido todos sus ahorros.  A la mañana habían terminado, y el extranjero abrió ceremonioso las jaulas alineadas. Los tordos, ya enfermos, vacilaron, pero su risa estentórea los espantó, y se remontaron en bandadas rítmicas, los golpes de sangre negra de un corazón agonizante. Aún reía cuando llegaron  a los criaderos, donde picotearon y ensuciaron el alimento y el agua de las aves

Los pollos vieron esa tarde el rojo del poniente con ojos llorosos por la gripe, sus cuidadores despertaron con fiebre y no pudieron levantarse más, la mitad de la ciudad desprevenida tosía sangre y agonizaba una semana después con el rostro teñido de un  violeta oscuro, como el del auto ostentoso en que se había alejado el extraño emisario.

 Las primeras víctimas fueron atendidas en las pocas facilidades de alta complejidad disponibles, y la mitad logró sobrevivir. En pocas horas los hospitales colapsaron y los cuantiosos enfermos que se sumaron debieron ser atendidos en sus casas, mientras hubo quién lo hiciera. En los días siguientes, la única asistencia que brindó el gobierno fue movilizar a las fuerzas de seguridad para sepultar con topadoras los incontables cadáveres en las tosqueras de la ruta 6. La ciudad estaba en medio de los criaderos de aves y a las afueras de una capital rodeada de gigantescos suburbios, y la gripe se transmitió rápida y firme.

Los médicos, desconcertados e impotentes, llegaron a sangrar a los pacientes y a administrarles oxígeno, en vano. Solo la transfusión del plasma de los enfermos que habían sobrevivido tuvo algún efecto. Los habitantes de origen europeo, como se había observado en la pandemia de Sida, tenían una resistencia mayor o directamente inmunidad, quizá a consecuencia de la Peste de 1348. El virus tuvo un comportamiento extraño; había diezmado en cuestión de horas a los adoradores del culto que lo habían desatado, sin permitirles siquiera hacer desaparecer las jeringas, y a los primeros humanos. Cuando se transmitió de un hombre a otro, adoptó un paso más cauteloso, aunque no menos virulento, y los síntomas no aparecieron hasta días más tarde, cuando  el portador se había trasladado y había tenido la posibilidad contagiar a varios nuevos hombres. De este modo saltó de ciudades a provincias, países y continentes. La vacuna desarrollada para la cepa de 2004, la única que estaba bajo vigilancia estricta, sirvió de poco: El virus fatal era similar, pero la conformación de la hemaglutinina en su superficie era del todo novedosa, aunque no consistía más que en el cambio de unos pocos aminoácidos. Atacaba con mayor severidad a gente adulta, sana y fuerte, porque producía una retroalimentación entre citoquinas y células inmunes que llevaba al paciente a una hemorragia pulmonar incontrolable. 

 Así como los camioneros dispersaron el Sida por buena parte de África, los tripulantes y viajeros de los aviones esparcieron la Gripe Púrpura por el mundo. De poco valió aislar a Sudamérica, porque nuevos brotes surgieron pronto en los suburbios de Mombasa y en las islas frente a Shangai. Los investigadores del Hospital de Enfermedades Tropicales de Ciudad Ho Chi Min descubrirían con asombro y preocupación que la cepa era exactamente la misma que la americana, lo que era poco menos que imposible por selección natural. Pronto atacó Asia Central, Medio Oriente, Europa, América del Norte. Cesó en algunos meses, agotada su virulencia y contrarestada por la vacuna, obtenida, probada y distribuida, como era de prever, recién en el día doscientos cincuenta. Los investigadores no se ponen de acuerdo acerca de la cifra final de víctimas, aunque estiman que la mortalidad rondó el cinco por ciento de la población mundial de entonces.

Los misteriosos conjurados que diseminaron la peste fueron los primeros en sucumbir a su obra; pesquisas débiles e interesadas y la apatía habitual, incrementada por la epidemia que había disgregado para siempre el tejido social y sepultado todo liderazgo, hicieron que las investigaciones se cerraran pronto en Sudamérica y África. Los chinos persistieron, y hallaron huellas en las islas cercanas a Shanghai de un extranjero que visitaba las aldeas en un automóvil lujoso, una secta con raíces antiguas y misteriosas  que cazaba pájaros con trampas y adquiría inoculadores de alta tecnología que guardaba en chozas de barro y palma, un cónclave reciente en el foco del contagio y del que no quedaban testigos, porque todos murieron en las primeras horas del brote a causa de la propia Gripe Púrpura. El único indicio que obtuvieron, y que no los llevó a ninguna solución, estaba escrito con tiza en la pared de barro contra la que habían estado apoyadas las jaulas de bambú repletas de aves oscuras prontas a volar. Decía solamente, con mano iletrada pero segura:”Nyarlathotep”                     

 

 

Este relato está registrado en Propiedad Intelectual, por favor si deseás publicarlo en tu blog o en algún sitio de Internet, indicá que el autor es Claudio Casco. Me gustaría que me avisaras al mail lqncac@gmail.com para contarle a mis amigos. Gracias

 

Con un Espíritu Renovado

Con un Espíritu Renovado

    Única entre las ciencias, la teología parece demandar la ausencia del objeto de sus estudios para poder desarrollarse; de este modo, las disputas acerca de la naturaleza de Jesucristo no brotaron entre sus seguidores hasta que Él abandonó la Tierra, y los debates y cismas que dieron origen a las diversas iglesias se multiplicaron a medida que ese momento culminante de la historia se hizo más lejano en el tiempo. La misma inquietud había afligido o afectaría a otras religiones, con insignificantes variantes.

 El culto de los Primordiales no sería la excepción. Una vez invadida y conquistada la Tierra por los dioses y sus acólitos, y tras veinte inolvidables semanas de arrebatada teofanía que asoló el planeta, los dioses Primordiales habían regresado a sus moradas en el mar o las estrellas y a sus sueños indescifrables y la misión de una nueva iglesia comenzó.

Cumplidas todas las profecías, los restos diezmados de los pueblos dispersos se reunieron en torno a los líderes del culto, que se habían asignado y distribuido diócesis y provincias de acuerdo con sus orígenes o ambiciones. Consolidaron su poder, erigieron enormes templos, realizaron sacrificios cotidianos, y la vida se puso nuevamente en marcha. Flamantes naciones se erigieron en sus dominios, y pronto el poder temporal y el espiritual se unificaron, originando rivalidades que en breve desatarían los primeros conflictos.

Quienes hayan visitado antes de la catástrofe las primeras ruinas de Roma, habrán advertido la diferencia de concepción entre las estatuas de los arcos de Tito y de Constantino, separados por escasos cincuenta metros; mientras Tito, el conquistador de la pequeña Jerusalén y los silvestres Dacios, hizo perpetuar sus hazañas militares en esculturas heroicas plenas de soberbia, Constantino, quien reinó sobre el mundo y sumergió a Occidente en el Cristianismo que lo fecundaría por siglos, se  muestra humilde y modesto. Las figuras que adornan su arco expresar recogimiento y sumisión, sabedores de que hay un Rey más poderoso sobre los reyes de este mundo, al que las victorias de los hombres no lo asombran ni conmueven, excepto cuando conquistan sus corazones endurecidos.

 Del mismo modo se reflejaron los nuevos aires espirituales en los flamantes templos y hornacinas, erigidos sobre las ruinas de los santuarios y tabernáculos de las grandes religiones humanas; seres feroces representados en piedra amenazaban, codiciaban, ultrajaban a sus adoradores desde sus nichos maculados de sangre. El terror era constante y la causa era simple, ineludible; los seres abominables que bajorrelieves y esculturas impías representaban eran reales, concretos,  y los fieles los habían visto caminar sobre la tierra.

En ese entorno religioso comenzaron las guerras de Fe: la ferocidad básica de la doctrina, la belicosidad del catecismo, la desmesura del evangelio que animaban a los restos de la humanidad pronto se sustanciaron en conflictos religiosos para dirimir la supremacía de unos dioses sobre otros. Era el problema básico de cualquier teología politeísta. Los vencedores materiales se adornaron con la victoria espiritual, como es frecuente, y pronto extinguieron la causa de la disputa adoptando el dogma de la Divinidad Multiforme, y se dispusieron a liderar como decanos la iglesia unificada. Una doctrina prudente, en una religión donde los Dioses intervienen ejecutivamente en los asuntos de sus fieles.

A menos de cien años de la venida de los Primodiales a este mundo se produjo el primer gran Cisma. Comprenderlo requiere cierta interiorización en la realidad de ese momento. La hibridación entre los humanos y las razas extrañas que poblaban en secreto el planeta, en especial los Profundos que se multiplicaban en los mares, había comenzado durante los milenios de supremacía del Homo Sapiens en lugares apartados, y había sido practicada por clanes y poblaciones marginales y degeneradas. Tras el triunfo de los antiguos y verdaderos dueños de la Tierra, la mezcla de sangre fue admitida, se tornó universal, se hizo compulsiva. En las iglesias semisumergidas de Cthulhu, en los templos sin luz de Nyarlathotep, en los lupanares piadosos de Shubb-Niggurath y en los círculos de piedra dedicados a Yog-Sothoth se aglomeraban congregaciones heterogéneas de mestizos con distinto grado de pureza racial y mutantes en diferentes estadios de sus metamorfosis. Los fieles más devotos y feroces habían sido en un principio admitidos al sacerdocio, sin reparar en la textura de su piel, pero los prelados con mayor proporción de sangre alienígena exigieron y obtuvieron, tras un conflicto encarnizado pero breve, que no se permitiera la ordenación de simples humanos ni de cuarterones, sin importar su jerarquía ni su celo religioso. La causa triunfó rápidamente porque los humanos, aterrorizados  y escarmentados, no se atrevieron a plegarse a quienes abogaban por su causa.  Muy pronto se promulgó que quienes contaran entre sus abuelos con tan solo uno de raza totalmente humana serían considerados humanos e inelegibles como sacerdotes. Las congregaciones fueron depuradas, luego las siguieron los estamentos del gobierno civil y finalmente se establecieron ghettos. Apenas pasada la conmoción que significaba este reordenamiento social, estalló la disputa por los íconos. Los dignatarios de las ciudades santas americanas se habían apropiado de las imágenes que los Primordiales habían traído consigo de las estrellas cuando la Tierra era aún joven; negaban cualquier legitimidad o valor sacro a los iconos recientes hechos en este planeta, que se veneraban en los santuarios menores de las nuevas ciudades, y obtuvieron que los concilios prohibieran absolutamente su adoración. Los dignatarios de Mombasa y Mogadiscio, la costa malabar y el amplio arco de ciudades florecientes del Índico se opusieron: Surgidos del mar, los Profundos que habitaban  esa región eran alienígenas apenas mezclados con los humanos, a la inversa de lo que sucedía en los centros del culto de la antigua América que ahora usurpaban el liderazgo espiritual. En varios cónclaves multitudinarios decidieron que no dejarían de adorar imágenes de los dioses a los que se asemejaban más que nadie, por el solo hecho de que fueran recientes, como lo eran sus ciudades hormigueantes y prósperas. Hicieron alianzas poderosas con los Mi-Go, los Grises y los moradores de las ciudades subterráneas, unidos por su afinidad tecnocrática y su animosidad contra el poder central. En pocos meses sitiaron y destruyeron Innsmouth  y Villars, y los derrotados volvieron al ostracismo en las metrópolis sumergidas. La orientación materialista de los aliados pronto repugnó a los neutrales adoradores de Nyrlathotep, que se sumaron a los relegados.

Las matanzas prolongadas habían agotado emocionalmente a los terrestres, cada vez menos humanos. El sentimiento de descreimiento y hastío que había seguido a la caída de los centros espirituales fue contrarrestado con una cruzada perentoria destinada a erradicar al remanente de hombres. Tras una marcha de milenos que les dio el dominio del planeta y las puertas del universo, una travesía intelectual que los llevaría del fuego y la rueda a la Novena Sinfonía y el Cántico Espiritual, un peregrinaje interior que iría desde el animismo a la unión mística con Dios, los últimos sobrevivientes de la raza humana fueron crucificados en Portugal. Sus genes dispersos y sometidos se perpetuarían en seres detestables.

 La Cuestión Humana había sido fuente permanente de divisiones en la iglesia de los Primordiales, pero su solución final no trajo paz a los feligreses; los sacrificios, imprescindibles en el culto, tuvieron sustentarse en argumentos retorcidos para recaer en al fin en marginados y descontentos: los sacrificados eran cada vez más propios, a diferencia de los humanos, quienes habían sido siempre “el otro”.

Hemos nombrado antes a Roma; la conversión de los paganos al Cristianismo fue rápida, alborozada y fecunda en términos personales y sociales, pero influyó decisivamente en la decadencia del Imperio, que no era ya un vínculo o una contención suficiente para el hombre nuevo. Cuando el culto de la Patria se reemplazó por el de Cristo, la energía que por doce siglos animó la enorme idea nacional de Roma se derrumbó.

La conversión de los hombres a la fe de los Primordiales también fue rápida, aunque desmoralizadora, y esterilizó toda la creatividad humana. Se impuso por terror, en el sentido más literal posible, y atormentó a los hombres hasta los tiempos en que por fin sus mentalidades se transmutaron con la mezcla de sangres. Era, en cambio, natural para los prehumanos, ya que sus cerebros reptílicos estaban adaptados a la injusticia y el desamparo, que eran su norma y sistema de vida.

 Este dilema moral, que aún latía escondido en la mentalidad híbrida, se había enfatizado con la hostilidad del medio: Los híbridos de la época de la dominación humana habían deseado ser reptiles y batracios y adorar a los Primordiales, porque eran perseguidos por la sangre inhumana que llevaban; del mismo modo, los híbridos actuales ansiaban haber sido humanos, porque los consumía el anhelo de la esperanza y la nostalgia del Edén.

 La legitimidad de los conversos para integrar el sacerdocio y, en el fondo, para ser dignos de adorar a los dioses; el valor de los iconos; la repugnancia por los que eran diferentes, habían desunido a la congregación de los híbridos, a pesar del poder absoluto de sus instituciones humanas y divinas y a sus métodos correctivos atroces.

Pronto comprobarían que el entusiasmo religioso disuelve y corroe la unidad de la Fe de manera más sutil pero no menos profunda. Lo habían padecido los primeros cristianos, afligidos por el Montanismo y su avidez por el éxtasis religioso y el martirio, su reivindicación del milagro de hablar en lenguas y su abandono en la Providencia, que prefigurarían el Pentecostalismo. Lo sufriría la Iglesia Católica medieval en la forma de los Cátaros y la renacentista en manos de los reformistas Lutero y Calvino, que buscando sanar a la Iglesia la dividirían sin remedio, y regresaría luego en la forma del Jansenismo y la Renovación Carismática. Cada movimiento se había propuesto renovar la Iglesia regresándola a su primer amor, cada uno fue censurado y perseguido, cada intento terminó en un Cisma.

 También entre los ya inhumanos adoradores de los Primordiales sería el entusiasmo religioso el disparador de la herejía más peligrosa. Se la llamó la Secta de los Restauradores, pero no se trató de un intento de regreso al cristianismo o a otra religión humana, sino a una necesidad ontológica de la nueva raza, nacida de la mezcla entre las especies.

La mente de los pseudoreptiles racionales es ajena a las categorías de la humana en muchos aspectos, no solamente por el desarrollo intelectual y social impreso por millones de años de evolución divergente, sino porque los humanos basaban buena parte de su conducta más genuina en los impulsos protectores del cerebro mamífero que sustentaba el homínido: Los estímulos de familia, pareja, maternidad, protección, comunidad, sacrificio, compasión y amor eran tan innatos en los hombres como lo son desconocidos entre los reptiles humanoides que hoy someten la Tierra. Para dar un ejemplo, el efecto Westermark, que inhibe la atracción sexual entre dos niños que son criados como hermanos, no existe entre los Profundos ni en las otras razas no humanas. La mente híbrida debió conciliar el antagonismo entre esas dos concepciones en los siglos en que el mestizaje no estaba aún completamente consumado, mientras se ajustaba con dificultad a dictados morales y espirituales nuevos y opresivos. Gravitaba pesadamente en el inconsciente colectivo la circunstancia incontrovertible de que ninguno de los nacidos luego de la hecatombe había visto a los dioses Primordiales con sus propios ojos. Nuevamente los habitantes de la Tierra padecían la partida y el abandono de la Divinidad.

 Inevitablemente, la desazón que experimentaba la sensibilidad humana sofocada en la fisiología y el entorno alienígeno despertó en el cerebro de muchos, aún a medias reptil,  la urgencia por volver a las fuentes de la fe para poder destruir, paradójicamente, las angustiantes incertidumbres humanas y resolver definitivamente ese dilema vital. No era otro el impulso que había llevado en el pasado al poder absoluto a tiranos y pervertidos, entronizados ciegamente por sociedades signadas por la culpa o sostenidos por un deseo oscuro de mortificación.

 Los anhelos de los restauradores eran nada menos que volver a vivir entre los dioses Primordiales, volver a verlos caminar sobre la Tierra y purificar con su presencia lugares y personas, adorarlos sin intermediarios. El método que proponían en su fanatismo era invocarlos, como se los había invocado en el pasado, para que su voluntad inapelable juzgara y dirigiera la vida de los hombres.

La ambiciosa renovación espiritual solamente aguardaba un profeta, un verbo y un  liderazgo.

 El manto recayó en un oscuro sacerdote de Dagon, pastor de una parroquia relegada en la zona de lagunas del Salado, en lo que había sido la Argentina. Decadente ya en la época de los hombres, la zona no había mejorado bajo el influjo de los batracios reinantes, y era un charco tibio donde adormecerse entre los juncos, luego de los banquetes rituales que seguían a los sacrificios. El teólogo reformador, como tantos espíritus relegados antes que él, hizo de su exilio un acicate para el  propósito que lo consumía; Parcialmente humano, aunque no en mayor medida que el común de la población, padecía escrúpulos torturantes, y creía estar sirviendo mal a los dioses que lo habían creado a su semejanza y habían preparado la Tierra para él y su raza. Dudaba de la existencia de Dagon cuando recogía avergonzado de los altares sumergidos los restos intactos y putrefactos de las mejores porciones de las víctimas que sacrificaba, dedicadas siempre al apetito del dios ausente. Los patriarcas lejanos habían hecho poco para aliviar sus dudas, y la visita a las sedes metropolitanas le había abierto los ojos acerca de la ambición material y la apatía espiritual de los líderes de la iglesia. Pronto halló a otros descontentos, legos y religiosos, poderosos y humildes, que creían que toda esa miseria de vida no era tolerable a menos que se tuviera una certeza de estar cumpliendo la voluntad, aún injusta, de los Dioses. Los más entusiasmados e imprudentes buscaron pronto el consentimiento de los supremos sacerdotes para invocarlos, pero inmediatamente fueron detenidos y castigados. Desorientados, los sobrevivientes del ensañamiento inquisitorial tardaron un tiempo en comprender que la función de la Iglesia era ahora perpetuar su poder: no había lugar para movimientos de fe, ni era tiempo de destrucción de paradigmas.

Intentaron entonces invocar a los Dioses  por sus propios recursos, pero los libros que contenían los conjuros necesarios y la doctrina que los sustentaba habían desaparecido, junto a la cultura prehumana que se había transmitido en libros prohibidos durante milenios; ahora el ceremonial se desarrollaba en aklo, una lengua artificial de los ocultistas medievales que pocos comprendían, porque su enseñanza estaba vedada fuera del alto clero. Buscaron afanosamente el Libro Prohibido, que había sido la Llave y el compendio de todo el conocimiento, en las ciudades abandonadas y en los desiertos arenosos, atravesados antaño por sabios derviches que habían resguardado el culto de los dioses en el largo tiempo de exilio; en la Luna, adonde la leyenda decía que los hombres habían volada para enterrar catorce ejemplares. Fue en vano. Mientras los implacables obispos medievales habían prohibido el libro a ciegas, sin considerarlo verdadero o amenazante, sino solamente ponzoñoso, los sumos pontífices actuales sabían perfectamente qué era lo que debían apartar de la curiosidad indisciplinada o la tentación malaconsejada de los fieles, y conocían demasiado bien el grado de verdad que se guardaba en cada palabra. Los pocos ejemplares que existían estaban en sitios inexpugnables, tanto para la tecnología como para la magia. Místicos y renovadores fueron abandonados a sus sueños y, una vez asegurada la imposibilidad de sus intentos,  sus reivindicaciones fueron escarnecidas con la más distante indiferencia.

Apelaron entonces al ingenio y a las enseñanzas de la historia. Ante un problema muy similar un famoso adepto, santificado en los anales del culto, había empleado los propios artificios de los odiados humanos para obtener el acceso a estos mismos conjuros. Se había contactado con uno de los últimos depositarios, lejano y desconocido, mediante una red de ordenadores llamada internet. La última computadora que la integraba se había apagado hacía tres siglos, pero el concepto de conocimiento integrado en una red aún se podía aplicar: Sabían que cierta raza extraterrestre enviaba las mentes de sus miembros más capaces en viajes psíquicos e inmateriales a diferentes lugares y tiempos del cosmos, para acrecentar su saber y para proteger su propia supervivencia. Mientras duraba su misión exploradora, habitaban el cuerpo de uno de los nativos, cuya mente era aprisionada en el cuerpo del emisario, duplicando el intercambio cultural. Con algo de esfuerzo y mucho sigilo atrajeron a uno de ellos, que visitaba el mundo posthumano, hasta la comunidad de la laguna apartada, lo estaquearon y lo apremiaron para obtener su cooperación, a cambio de permitirle regresar a su tiempo y su comunidad, ya que necesitaba cierto adminículo terrestre, de simple factura, para condicionar su mente y permitirle volver. Ese visitante se escabulló, pero en un segundo intento dieron con un inconformista que se mostró encantado de ayudarlos; conferenció telepáticamente con una red de contactados que abarcaba buena parte de la galaxia, hasta dar con uno que había estudiado el Libro prohibido; viajó entonces a la época y lugar señalados, el pequeño pueblo de Pescallo, en el lago de Lecco y en el siglo XVIII, y aprendió la fórmula de memoria. Restaba elegir el momento, ya que no sería ni con una hoja pegada en la puerta de un templo ni con el resplandor de las espadas que la nueva era empezaría.

 La indiferencia, aprenderían en breve los sumos sacerdotes, consume al amor, pero no tiene ningún poder sobre el rencor.

 Mientras se investían con túnicas y tiaras de diseño fantástico para presidir el Festival del Advenimiento, que conmemoraba el despertar de Cthulhu y la irrupción de los Primordiales en la Tierra, el apóstol de los complotados se ubicó en el centro del anfiteatro donde se celebraría la ceremonia central. Llevaba un papel enrollado en la mano palmeada e insegura.

 La nueva capital de la Fe se levantaba sobre las ruinas de Valparaíso, en un compromiso forzado para unir los pueblos de América y Oceanía. Templos de piedra oscura suboceánica se alineaban en la costanera escarpada de la ciudad, hermosa aún en medio del horror. La única obra con la que los adoradores de Cthulhu y Dagon la habían embellecido era un magnífico órgano marino, copia del erigido antaño en la Nova Riva de Zadar, en Croacia. Las notas producidas por el oleaje al impulsar el aire por los tubos semisumergidos semejaban a un campanario que convocaba  los hombres desde los espacios vacíos del cosmos. Era la única nota de belleza en tres siglos de liturgia insustancial y grosera.

 El nuevo conspirador y secreto hereje se ahogaba en su túnica nueva, que le obstruía las branquias, y apenas contestaba con monosílabos a sus colegas de la delegación, excitados por la ceremonia que marcaría el punto culminante de sus carreras eclesiásticas y por la magnificencia de la Ciudad Eterna, a la que habían llegado afrontando desiertos interminables y las montañas más altas del planeta.

 La procesión encabezada por el Sumo Pontífice se detuvo frente al altar, donde las víctimas esperaban resignadas. Cuando los devotos que cubrían la explanada en sombras frente al antiguo puerto respondieron al  gesto ritual, el mensajero de la nueva espiritualidad buscó a Orión en el cielo de lapislázuli, enturbiado  por las antorchas de grasa de cerdo, y pronunció el conjuro con la mirada fija en un punto a su izquierda. Apenas se acallaron las frases de la invocación, quedó solamente en el aire el sonido del mar sobre el murmullo de los híbridos, ahora atemorizados, porque las palabras habían sonado inesperadamente claras y potentes, como una voz que clama en el desierto.

Unos globos de luz coloreada entre los que flotaba una negrura que no es de este mundo se acercaron, flotando en el aire de cristal y salitre de la madrugada, y la melodía de unas flautas volvió a sonar sobre la Tierra.

 

 

Este relato está registrado en Propiedad Intelectual, por favor si deseás publicarlo en tu blog o en algún sitio de Internet, indicá que el autor es Claudio Casco. Me gustaría que me avisaras al mail lqncac@gmail.com para contarle a mis amigos. Gracias

 

                                  

Advertencia.

La catalogación de este material bajo los rótulos de “Cuentos” y “Literatura” declaran suficientemente que no corresponden a hechos ni personajes reales. En lo referente a los sitios nombrados, la lectura un poco intensa de Lovecraft produce en algunos una identificación del entorno propio con el descrito en sus relatos: La llanura monótona reemplaza a los bosques de Nueva Inglaterra que nunca visitaremos, dos desiertos equivalentes. En unas barcas abandonadas en la playa y un intenso olor a pescado reconocemos a Innsmouth, en la cumbre de cada cerro solitario buscamos los menhires de Dunwich. Si has llegado a estas paginas, conocerás sin duda la sensación.

 

Fotos y descripciones están destinados a construir las locaciones irreales de estos relatos, por lo que solamente algunas corresponden a los sitios verdaderos. Lo mismo sucede con gobiernos, instituciones y particulares involucrados, que en mi conocimiento no tienen las características ni han realizado las acciones descriptas.

 

He incluido vínculos a videos publicados en la Red para ilustrar algunos aspectos de los cuentos, en el entendimiento de que son de acceso público y porque me parecen sumamente meritorios y dignos de conocerse y admirarse.

 

Finalmente y para evitar desilusiones, el verdadero Villars es un pueblo encantador que no alberga monstruos en sus casas abandonadas y al que es muy agradable recorrer en el otoño, aunque más no sea para evocar, en el saludo cortés de los villarenses a vecinos o forasteros, la educación de otros tiempos.

 

 

 

 

 

 

 

El material está registrado en la Dirección Nacional del Derecho de Autor bajo el Expediente 673547. Pueden utilizarlo siempre que citen que el autor es Claudio Casco.

Acerca de losquenoscomimosacthulhu

Relatos de los Mitos de Lovecraft

Archivo

Suscríbete

RSS | Atom

Contacto

Contactar

Albergado en:blogspot.es

Noticias: Noticias

Un servicio de HispaVista

Contador gratis contadorplus.com